LA ACADEMIA DE CIENCIAS NATURALES Y BUENAS LETRAS:VIDA EFÍMERA EN UNA MÁLAGA ILUSTRADA

150 ANIVERSARIO SMC/AMC

Francisco Cabrera Pablos

Academia Malagueña de Ciencias

La llegada de la Ilustración animó a las cortes europeas a crear sus propias academias, las cuales tuvieron en muchos casos un papel esencial en la difusión del conocimiento en general y de la ciencia en particular.

En 1757 se fundó en Málaga la Academia de Ciencias Naturales y Buenas Letras por parte de un grupo de intelectuales presididos por el Dr. Fernández Barea y Vilches. Los contenidos analizados en las sesiones científicas que durante varios años celebraron fueron trasladándose, al menos en parte, a la sociedad malagueña. Quizás por ello, esta corporación podría considerarse predecesora de nuestra Academia Malagueña de Ciencias y de la de Bellas Artes de San Telmo, incluso de la Sociedad Económica de Amigos del País, fundada por Carlos III en 1789.

(Izquierda) Escudo familiar Fernández Barea; (Derecha) Título de médico del Dr. Fernández Barea

Nuestro personaje había nacido en Málaga el 25 de marzo de 1720, según sendos currículos fechados el primero en Granada el 10 de septiembre de 1772 (Archivo Histórico de su Universidad), y el segundo en Madrid el 6 de diciembre de 1786 (Archivo de Simancas).

En el Archivo de la Real Chancillería de la ciudad granadina aparecen los autos de hidalguía del médico malagueño, documentos que aportan más datos: estudió en la Facultad de Filosofía de Granada, recibiendo el título de Bachiller nemine discrepante. Allí cursó Medicina y entre 1738 y 1739 opositó a las cátedras de Astronomía y Cirugía, para posteriormente desempeñar la denominada de “Aforismos”.

Dos años después fue examinado “y revalidado por el Real Protomedicato”, con lo cual podía ejercer en “todos los Reinos de España”, manteniendo a partir de este momento contactos periódicos con importantes colegas de Europa.

En el cabildo que tuvo lugar el 25 de octubre de 1746 el facultativo presentó su título al Ayuntamiento, solicitando y obteniendo licencia para ejercer su profesión.

Un brote epidémico de tifus -tabardillos malignos en el lenguaje de la época- tuvo lugar en Málaga en los primeros meses de 1751. La ciudad, cuyo aumento demográfico había sido notable como consecuencia de la llegada de numerosos mendigos empujados por las carestías y escasas cosechas, adoptó de inmediato las medidas habituales dirigidas por el Dr. Fernández Barea. La clínica de los enfermos era la natural de esta patología que se presentaba tras un período de incubación de entre una y dos semanas: aparición súbita de fiebre, escalofríos, cefaleas, algias generales, postración, incluso disartria, erupción macular y toxemia.

Firma del Dr. Fernández Barea

Naturalmente, semejantes manifestaciones eran conocidas de forma empírica por los médicos que hacían lo que podían. En el caso del Dr. Fernández “… se socorrieron bien con evacuaciones de sangre por medio de sanguijuelas aplicadas repetidas veces en número de doce a catorce a los omóplatos y brazos, aumentándolas con ventosas floxas sobre las cisuras”. Evidentemente, la utilización de la “hirudo medicinalis” era conocida desde antiguo por sus propiedades antinflamatorias y anticoagulantes contenidas en la saliva del anélido, aunque es evidente que su intervención en la curación de los enfermos era nula. Antes bien, pensamos que las medidas higiénicas y profilácticas de los hospitales acababan con piojos y pulgas que, como es sabido, actuaban de vectores en esta patología.

En 1760, el doctor Fernández Barea fue nombrado examinador por el Real Protomedicato. Dos años después resultó comisionado por el rey para inspeccionar en los Presidios los brotes de escorbuto y gangrena.

Sobre su quehacer profesional, el Dr. Fernández Barea siempre se caracterizó por su antisistematismo, basando sus juicios clínicos en la observación y la experimentación de los pacientes como fuentes del conocimiento.

Respecto a las sesiones científicas que presidió, en febrero  de 1758 presentó en esta Academia las Memorias de algunas observaciones sobre las virtudes del kermes mineral. En noviembre tuvo lugar la Disertación sobre la sangría, impartida por nuestro singular personaje. La sangría, por cierto, era un método que aún se utilizaba con profusión en aquellos años mediante sanguijuela o estilete y el mismo Fernández Barea lo empleó con frecuencia. En noviembre de 1759, leyó una Oración, conservada en la Real Academia de la Historia, en una solemne sesión dedicada a Carlos III.

Nuestro personaje analizó también el uso de la hidroterapia para la curación de algunas enfermedades, lo cual le llevó a ser conocido por los malagueños como “el médico del agua”. En enero de 1760 difundió sus experiencias sobre terapéutica tan singular en su obra Juicio práctico sobre las virtudes medicinales del agua: “…no hay enfermedad por grave que sea, resistente a la aplicación del agua”, afirmaba.

En 1764 pronunció Varias disertaciones académicas de variado contenido y conservadas en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y en los fondos bibliográficos de la Facultad de Medicina de Valencia.

Años después, pasó al servicio del Conde de Miranda y desde 1793 fue nombrado médico de cámara de Carlos III. En el verano de 1799 murió en Madrid, a la edad de 79 años.

Las reuniones científicas continuaron en Málaga algunos años más, aunque cabe suponer, que la vida de la Academia fue languideciendo de forma paulatina hasta su completa desaparición, coincidiendo probablemente con el traslado del Dr. Fernández Barea a la Villa y Corte madrileña.

Manuel Fernández Barea vivió, trabajó y creó como científico y humanista una Academia de Ciencias y Letras en una Málaga siempre relacionada con la mar y con su puerto, al lado mismo de una Alameda recién nacida, como Afrodita, de la espuma del lento romper de las olas contra las arenas de sus playas. Un mar amado, un mar apetecido como lo definiera Manuel Machado en unos versos inolvidables; un mar a través del cual nos llegó la civilización, el conocimiento y la ciencia a lo largo de los siglos.

5 comentarios en “LA ACADEMIA DE CIENCIAS NATURALES Y BUENAS LETRAS:VIDA EFÍMERA EN UNA MÁLAGA ILUSTRADA

    1. Gracias Susana, fue de una vida sin duda efímera, pero las sesiones, más o menos científicas dada la época, revisten un singular interés para el conocimiento de la evolución de la ciencia en una sociedad ilustrada y en un período clave como lo fue el reinado de Carlos III.

      Me gusta

  1. Afortunada síntesis de los límites del absolutismo ilustrado. El cualificado impulsor -sin entorno social- delimitó el principio y el fin de su meritoria iniciativa.

    Me gusta

  2. Así es amigo Ángel, su iniciativa fue meritoria pero con escaso recorrido. Quizás, en nuestra «ciudad bravía», la de las mil tabernas y una sola librería, abrió puertas por las que otros terminarían entrando y trabajando.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s