¿TENEMOS UNA OPORTUNIDAD PARA RECONSIDERAR EL USO DEL LITORAL DE LA PROVINCIA DE MÁLAGA? (I)

Víctor Díaz-del-Río Español
Academia Malagueña de Ciencias

No es ocioso recordar que la pandemia de COVID19 nos ha cambiado la vida, habiéndose llevado por delante la de muchos familiares y amigos de forma muy cruel. Las cosas ya no son igual que antes, y no deberíamos consentir que algunas de ellas pudieran volver a serlo. Ni las cosas ni la vida de las personas, pero tampoco la manera en la que vamos a utilizar el espacio público y el medio natural. Tenemos así la oportunidad de cambiar todo aquello que sea mejorable y ver las consecuencias positivas, si es que existen, de este terrible mal que nos acecha. Si lo conseguimos, podremos incrementar el rendimiento de las inversiones de los diversos sectores productivos.

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Las praderas de Posidonia son en sí mismas ecosistemas de gran importancia ecológica que acogen a numerosas especies (Pinna nobilis a la derecha) y que se desarrollan muy cerca de la costa, por esta causa están sometidas a fuertes presiones ambientales que están comprometiendo su futuro. Hay zonas en las que la pradera ha desaparecido totalmente dejando tras de sí una superficie de rizomas en estado de putrefacción que deterioran la calidad ambiental de las aguas litorales. Son fanerógamas muy sensibles a la contaminación y a la alteración del transporte litoral. Tienen, además, un inmenso valor como “trampa sedimentaria”, ya que con el movimiento de sus hojas logran retener parte del sedimento que se transporta en la deriva litoral aportando una ingente cantidad de material orgánico que vive adherido a sus hojas. Garantizar su actividad productiva es una obligación que hemos de contraer para cumplir el compromiso de velar por la protección de este hábitat esencial.

Quisiera que nos fijáramos por un momento en el dominio litoral, en su sentido más amplio -aplicable no solamente a la provincia de Málaga, sino a todos los litorales-, que incluye lo que muchos denominan la costa, de manera reduccionista, hasta alcanzar una profundidad aproximada de unos 30m (+/- 5m) aguas afuera. He insistido en numerosas ocasiones que la costa no es más que la fachada continental del dominio litoral y que su ordenamiento no debe de realizarse ignorando su pertenencia a una unidad fisiográfica y morfodinámica mucho más amplia y compleja (supra, inter e infralitoral). El litoral no es una unidad geográfica estática, tiene su propia dinámica.

Es bien cierto que resulta mucho más sencillo considerar el concepto de costa a los efectos de gestión, que tratar de ordenar el dominio litoral de forma integral, perspectiva que incrementaría la complejidad del asunto (máxime considerando las distintas competencias del Estado y de las comunidades autónomas sobre el medio marino). Pero creo que ha llegado el momento de empezar a intentarlo y aprovechar las sinergias forzadas por la pandemia, tratando de encontrar un nuevo marco jurídico para su gestión, al tiempo que se identifiquen aquellas cosas que puedan mejorar la calidad de vida en la costa y garantizar la sostenibilidad del sistema natural. No podemos, por ejemplo, seguir pensando que existe una necesidad imperiosa de regenerar una playa por el mero hecho de se esté quedando sin arena, mientras que, al mismo tiempo, proponemos ampliar los rompeolas y escolleras de un puerto para crear así nuevas infraestructuras portuarias, o incluso construir nuevos puertos deportivos en lugares donde pensamos que hay demanda de puntos de atraque. Todo esto lo que hace es interrumpir ese río natural de sedimentos que recorren todos los litorales del mundo, a modo de una correa de trasmisión movida por las corrientes marinas litorales, que va dejando en determinados lugares, llamados playas, una porción de la carga que transportan.

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Año tras año se reconstruyen los paseos marítimos edificados sobre la playa, los chiringuitos que también la ocupan, las casas que han invadido el espacio marítimo terrestre.

La gente ya no podrá ir a la playa de la misma manera que lo ha hecho hasta ahora, ni en afluencia de personas ni en la forma en la que han ocupado el espacio. Es momento de cambiar algunas costumbres. Cualquiera de nosotros se ha horrorizado al contemplar el estado en el que han quedado las playas después de un domingo de verano. La irresponsabilidad de los bañistas no puede ser sistemáticamente resuelta por los servicios de limpieza municipales -en connivencia con las gaviotas, que pagan un alto precio por ello-, que actúan la madrugada siguiente. No quiero ni pensar que este año se puedan abandonar en la playa objetos utilizados por personas contagiadas.

¿Cuántas veces se ha señalado el riesgo de dejar plásticos y residuos sólidos en la playa? ¿Cuántas veces se ha tratado el problema de la pérdida de arena de una playa, regenerada o natural, por causa de la falta de precaución de los usuarios que se llevan cada día a sus hogares una media de 80gr de arena pegada en las toallas, en los pies, o en los bañadores y que posteriormente se van por el desagüe de la ducha o de la lavadora? Multipliquemos por el número de usuarios de playa y verá el impresionante resultado de la operación. ¡Toneladas anualmente! Una actitud más responsable resolvería el problema.

Pero lo que resulta aún más curioso es pensar en esa terquedad que manifiesta tener el ser humano por seguir reconstruyendo sistemáticamente lo que la mar trata de recuperar cada invierno con cada fuerte temporal que azota la costa. Año tras año se reconstruyen los paseos marítimos edificados sobre la playa, los chiringuitos que también la ocupan, las casas que han invadido el espacio marítimo terrestre, y todo ello inmerso en un concepto obtuso que achaca todos los males exclusivamente a la fuerza del temporal y la catástrofe que ha producido este “desastre natural”. La visión egoísta antropocéntrica es tan acusada que es incapaz de considerar que este fenómeno será un proceso que no terminará nunca, y que incluso puede incrementarse en el caso de que, entre todos los efectos que provoque el cambio climático, también se produzca un ascenso del nivel marino. Entonces la destrucción de las zonas bajas será absoluta.

¿Es tan difícil reconocer que hemos invadido el espacio litoral y las riberas de los ríos con el riesgo que ello conlleva para las infraestructuras allí construidas? ¿Habrá llegado pues el momento de pensar en alternativas? ¿Será el momento de no traer más gente a la costa evitando la excesiva concentración de población -contrariamente a lo que algunos recomiendan-, y programar actuaciones más acordes con las demandas que sistemáticamente realiza la propia Naturaleza? ¿Por qué no sintonizar esta conveniencia con las propuestas para tratar de repoblar el medio rural? ¡No hombre!, no se trata de convertirse en agricultor o ganadero, que tampoco importaría, se trataría simplemente de buscar una fórmula para descargar las zonas costeras de la fuerte presión que soporta.

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Las actuaciones en la costa son una constante que altera la dinámica natural del subdominio infralitoral. Reequilibrar esta dinámica es complicada y los efectos son siempre perjudiciales para el medio.

Quiero recordar una anécdota que me sucedió no hace mucho tiempo, y que ahora tras el confinamiento me parecen siglos, cuando fui invitado a participar en una sesuda mesa redonda en la que se discutían las posibilidades de desarrollo futuro turístico de la costa, que es nuestro balcón al mar. Numerosa presencia de gestores de la cosa pública, inversores, representantes de todos los colectivos socioeconómicos cuyos recursos están en la costa, algunos curiosos y unos pocos ociosos, etc. Tengo para mí que mi presencia no pasó de ser testimonial, pues lo que tuviera que decir como científico marino no tenía ningún interés para los allí concentrados.

Como era de esperar, las ideas preconcebidas impedían la presentación de propuestas como alternativas a los modelos de explotación del espacio natural. Los problemas se presentaban como asuntos que la Administración tendría que resolver de forma urgente. Como el destino quisiera que un técnico de la Administración respondiera que los problemas derivaban principalmente de la forma en la que se estaba utilizando el espacio físico, y esto resultara cosa nada agradable de escuchar -al tiempo que no resolvía sus demandas-, creo que mis palabras cayeron en saco roto y pasé a figurar inmediatamente como “persona non grata” para la concurrencia. Cada cual contemplaba la costa según sus intereses. Es como si todos llevaran un tupido filtro delante de los ojos -y en la faltriquera-, que solo les permitiera ver lo que cada quién quisiera ver, determinando las exigencias de cada cual en función de sus conveniencias.

Al final siempre se ignora la realidad del medio natural, que es el único que tenemos, con sus propias condiciones de contorno, y entonces solo se gestionan las conveniencias predominantes. Todo se orienta hacia la productividad inmediata de las inversiones. Esto es el modelo productivo basado en la explotación de la Naturaleza, sin respetar las normas más elementales que le permitan sobrevivir y garantizar que el negocio sea sostenible. Si hay que destruir dunas, se destruyen, porque en ese lugar hay mucho público y hay que poner un chiringuito con servicios, hamacas y patinetes, desplazar los lugares de varada, poner un negocio de submarinismo y alquiler de motos náuticas, y construir unos accesos con aparcamiento para que los turistas lleguen a este lugar tan hermoso. Es evidente que el lugar dejará de ser hermoso en muy poco tiempo.

Pues bien, en aquella ocasión planteé algunas preguntas retóricas que no fueron del agrado de la concurrencia: “¿Cuántas personas caben, por ejemplo, en la Costa del Sol? ¿Cómo las evacuaríamos si sucediera una catástrofe natural? ¿Qué vías de escape existen para poder movilizar urgentemente a la población? ¿Podríamos tratar de no traer más gente a la costa y diseñar nuevas formas de explotación para que residieran en lugares cercanos? ¿Podríamos compaginar mejor el ocio de campo y playa?”.

¡Hala! ¡Ya está el geólogo catastrofista pensando en un terremoto o en un tsunami! Es verdad, he de confesar que mi deformación profesional hizo que me comportara de forma políticamente incorrecta -aunque era mi obligación no comprendida por los presentes-. Obviamente no me pregunté algunas incógnitas mucho más interesantes a día de hoy: “¿Qué sucedería si un chino viajero se comiera un murciélago y a continuación se viniera a pasar el verano a Marbella?”. Ahí mis neuronas no estuvieron muy finas y me pusieron en evidencia; no se esforzaron lo más mínimo para prepararme el camino hacia el “Premio Adivino del Año”, pero es cosa que me ha perseguido toda la vida.

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Las actuaciones en la costa siempre tienen un coste añadido que se paga en términos de mantenimiento de las infraestructuras dañadas, o que causan “daños colaterales”. Dos buenos ejemplos son los que muestran las imágenes. A la izquierda el dragado periódico que hay que realizar en el puerto del Candado motivado por la acumulación de sedimentos transportados por la deriva litoral que tiende a cegar la bocana del puerto, impidiendo así la navegación. A la derecha observamos que la erosión levanta las conducciones de agua potable instaladas bajo las arenas regeneradas de las playas.

La Ciencia camina frecuentemente sobre fracasos, que son los que agudizan el ingenio. La observación, que es el primer paso del método científico -y del que muchos no saben salir-, nos conduce a una serie de preguntas que no tienen porqué ser las adecuadas ni las que te permitirán progresar. Si fueran las apropiadas, entonces el camino se abre y la salvaje vegetación que impide la perspectiva se desbroza despejando la senda por la que avanzas; pero si no lo fuesen, entonces te conduce a un cuello de botella sin salida llamado fracaso. Ese es el punto en el que hay que sobreponerse y reconducir la investigación. Exactamente el mismo método debería ser empleado por los que gestionan el medio natural, el dominio litoral. Estamos en el cuello de botella y hay que tomar decisiones.

4 comentarios en “¿TENEMOS UNA OPORTUNIDAD PARA RECONSIDERAR EL USO DEL LITORAL DE LA PROVINCIA DE MÁLAGA? (I)

  1. Muy interesante la manera de enfocar el problema del uso de la costa, particularmente si estamos pensando en la Costa del Sol y sus playas, más particularmente. No cita el lugar de las fotografías de Posidonia oceanica por lo que no sabemos si son alboranesas o del levante español. Una pena ver basura junto a las matas de la planta. Una gestión integral del litoral tendrá que amparar con más interés este hábitat. Entiendo que la descripción que hace de los usos y abusos que se cometen en la explotación turística de la costa son insostenibles, y la mención a los microplásticos es preocupante, no solamente en las arenas de las playas pues usted da a entender que también son abundantes bajo el mar, en los sedimentos. ¿En zonas de pesca?

    No dudo en asegurar que su post remueve un poco las conciencias y deberá hacernos pensar en si estamos asegurando un futuro ecológicamente sano para nuestros hijos, nietos y generaciones venideras. Es cierto que otra forma de gestión es posible. La gran pregunta es ¿está la sociedad preparada para ello? ¿están dispuestos los políticos a encarar esa responsabilidad?

    Gracias por compartir con todos sus ideas. Una hermosa misión la que la Academia Malagueña de Ciencias está llevando a cabo.

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  2. De acuerdo contigo Victor!!!
    El litoral es un ecosistema, del que forma parte el hombre y sus decisiones, y como tal se caracteriza por un gran dinamismo. La cara visible es la costa que nos ofrece una serie de servicios a demanda de las necesidades de sus usuarios, que son una parte de la sociedad, con un claro componente económico. En cambio el litoral como unidad nos ofrece unos servicios ecosistémicos, que aunque no teniendo un claro valor medible, por sus componentes cuantificables y cualificables, si que tiene mayor valoración desde un punto de vista natural, social, ambiental, sanitario e incluso, a veces, económico. De estos valores nos beneficiamos en mayor o menor medida, toda la sociedad.
    El uso planificado y ordenado de la costa repercutirá sobre los servicios ecosistémicos del dominio litoral, el error en esa ordenación, lógicamente, tambien.

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    1. Muchas gracias por sus comentarios. Las imágenes de la Posidonia oceanica están tomadas en el sitio de Calahonda ponen de manifiesto la peligrosa cantidad de basura (residuos sólidos y orgánicos) que alcanzan las praderas y que enturbian las aguas, produciendo la degradación de las praderas. Tristemente el ser humano no valora lo que no ve, diría casi, lo que no puede tocar. Pues bien, este es un magnífico ejemplo de la necesidad de realizar una gestión integral y no solamente por el hecho de que la Posidonia sea un hábitat protegido, sino porque tenemos la obligación de acercar al ciudadano la fragilidad del fondo marino y los peligros que le acechan en gran medida por las acciones irresponsables que se realizan en las costas y playas más próximas.
      Siempre lo he dicho. Más educación generará más responsabilidad. Mejor gestión producirá más sostenibilidad. Me alegraría saber que desde la Academia Malagueña de Ciencias provocamos ese fenómeno que denomina “remover conciencias” con nuestros post divulgativos. Precisamente pretendemos eso, ilustrar con un lenguaje sencillo y directo, divulgando el conocimiento científico desde la propia experiencia de cada Académico.
      Gracias de nuevo por sus amables palabras.

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  3. Muchas gracias por tu comentario, Ricardo Salas de la Vega, del que me gusta destacar las palabras finales que son acciones que tendremos que procurar evitar. Creo que hay Ciencia suficiente como para que el riesgo de cometer errores en la gestión se reducirían considerablemente, si bien jamás desaparecerán. Sería muy deseable que Ciencia y gestión caminaran de forma más coordinada. Vivimos momentos que ejemplifican esta necesidad, que no es conveniencia, para resolver un problema grave. Pero hay problemas de menor entidad que requerirán mayor complicidad entre ambos mundos, lo que en gestión científica definimos como la I+D+i dirigida a problemas.

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