Un gran gobernante ante una gran crisis: Bernardo de Gálvez

Manuel Olmedo Checa
Academia Malagueña de Ciencias

En estas aciagas circunstancias puede venir bien recurrir a la Historia para encontrar ejemplos de la actitud de algunos gobernantes ante crisis similares. Soy consciente de que alguien pueda pensar que sobre Bernardo de Gálvez está ya todo escrito. Pero quizá sean oportunas estas letras que recupero de su biografía para que su recuerdo y su ejemplo nos conforten ante la gravísima crisis que atravesamos, y que Dios quiera termine pronto.

Don Bernardo llegó a México en el mes de junio de 1785, y tras tomar posesión del cargo de Virrey de Nueva España al recibir el bastón de mando en el pequeño pueblecito de San Cristóbal Ecatepec, según una inveterada tradición, fue a postrarse ante la Virgen de Guadalupe.

Le precedía su bien ganada fama de héroe, y pronto el pueblo mexicano comenzó a asombrarse cuando descubrió que era un hombre sencillo y campechano, que gustaba pasear con su esposa conduciendo un pequeño quitrín, y sin escolta, que asistía a las corridas de toros y que incluso en una ocasión saltó al ruedo para dar unos pases al astado. Pero apenas nadie conocía que el Virrey era un enfermo crónico desde que en el año 1777 -8 años antes-, había contraído una enfermedad intestinal a causa de una ameba. De ahí que en el pasquín que un día apareció clavado en la puerta del palacio un anónimo mexicano le dedicara estos versos, aludiendo a su vientre hinchado por tal dolencia: “Yo te conocí pepita, antes de que fueras melón. Maneja bien el bastón y cuida a la francesita”. Hay que recordar que la “francesita” era su esposa, Feliciana Saint Maxent.

Por su franco carácter y su cercanía a todos el Virrey despertó una gran admiración en el pueblo mexicano al darse cuenta de que era la antítesis de lo que hasta entonces había sido la norma: el virrey era alguien inaccesible, hierática representación del poder real en la Nueva España y siempre rodeado de pompa y solemnidad. Pero hubo una previa excepción: Don Matías, padre de Bernardo, que lo precedió como Virrey.

El mexicano Artemio de Valle-Arizpe dejó escritas en su obra Virreyes y Virreinas de la Nueva España las siguientes palabras: “El anciano Virrey don Matías de Gálvez era un hombre asentado. Tenía la transparente sencillez del agua o la humildad de una hierba de huerto franciscano. Sus manos estaban siempre prontas para la dádiva. Penaba por lo que otro padecía. Era un hombre lleno de luces interiores. En todos sus movimientos y ademanes había una gran suavidad, la sedosa suavidad que tenía su alma…”.   

Pero su hijo Bernardo, como hemos podido comprobar, no fue menos excepcional. La admiración que todos los mexicanos sentían por él, especialmente los más humildes, obligó al Virrey a redactar un bando el día 1 de enero de 1786, analizado y publicado en la revista Péndulo por nuestro colega Alfonso Vázquez, del que extraemos estos párrafos:

De la humildad de su carácter da cuenta la disposición que comunica el “disgusto” que le causa cuando las personas que acuden a verle “se le ponen de rodillas pues este obsequio es solamente debido a Dios, y al Soberano que nos rige y gobierna en su nombre”. Su rectitud se refleja con claridad en uno de los últimos puntos del bando en el que advierte que, si alguien quiere “estar preferido en sus pretensiones con antelación a otros, solo por puro favor, y no con atención a sus méritos, se le seguirá en perjuicio de ser excluido para siempre de cualquier solicitud”.  Pero el más llamativo de todos es el punto XVII del bando, que regula los obsequios que puede recibir el virrey y que es un ejemplo de gobernante que pone a raya la corrupción: “sólo aceptará como regalo frutas, flores o pájaros y, si se trata de cualquier otra dádiva, se despedirá antes de que llegue a conocimiento de S.E.” Además, establece que si un criado los recibiese “se avisará a S.E. para que en el instante sea separado de su servicio”.

Retrato-del-mariscal-Bernardo-de-Galvez-1781-ca-Agua-sobre-papel

Pero volvamos a Valle Arizpe: “La exhibición y la bondad eran inherentes en la vida del Virrey don Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez. Nadie, jamás, recibió mal de sus manos. Zapaba malas voluntades con su cordialidad franca y segura. Desde que tomó el mando ensanchó su fama y quedó bien opinado por hombre activo, de talento, lleno de buenos designios y de provechosas iniciativas, con las que engrandeció la ciudad y todo el reino. Era cariñoso y afable, tanto con la gente del pueblo bajo como con las personas de cuenta. Todos sentían la blandura cariciosa de su alma y lo ensalzaban con alborozado cariño …El Conde de Gálvez no iba a las iglesias. Él oía misa con devoción en la capilla de Palacio; acaso en los templos de la ciudad le mareaba el olor de la cera profusa, el olor de las flores y el del incienso; por eso el anónimo ingenio popular le aderezó, como a casi todos los virreyes, un maligno pasquín: “en todas partes te veo, menos en el jubileo …”.

Menos conocida para el gran público es la decisiva intervención de Bernardo de Gálvez para remediar la terrible  hambruna que comenzó en el mes de agosto de 1785, al poco de su llegada a México, por causa de una intensa y generalizada helada que provocó la pérdida de las cosechas. Su determinación para resolver tan angustiosa situación en la que estaba el pueblo mexicano queda fielmente reflejada en el relato que Cayetano Alcázar Molina dejó escrito en su magnífica obra “Los virreinatos en el siglo XVIII”:  “Gálvez tuvo que luchar con las grandes dificultades que produjo la pérdida casi total de las cosechas, faltando los elementos esenciales para la vida del país, esencialmente el maíz y el trigo… con una gran voluntad y un gran corazón reunió una junta de notables y personalidades… procuró atender a las clases menesterosas, facilitándole elementos de trabajo y jornales para su subsistencia… hizo que le secundaran en su benéfica actitud los Obispos, los cabildos y los Ayuntamientos… Un historiador tan poco afecto a la causa de España como Bustamente recuerda que celebrándose una de las Juntas para tratar de aliviar la difícil situación se presentaron dos comisionados de la Alhódiga para decirle que ya no había en los depósitos nada de maíz, y entonces el Virrey se conmovió grandemente, se le nublaron los ojos y comenzó a llorar, siendo emocionante el espectáculo de ver a aquel hombre, guerrero y militar por excelencia…conmoverse ante las adversidades del pueblo …”. 

El Virrey creó hospitales, intervino los almacenes de granos para evitar la especulación y el mercado negro, montó comedores, inició diversas obras para crear puestos de trabajo…, y hasta empleó la herencia de su padre en comprar trigo y maíz en las zonas a las que no habían llegado las heladas. Así resolvió la gran catástrofe. Por eso, apenas un año más tarde, su fallecimiento fue una gran tragedia para el pueblo mexicano. Tenía 40 años. Descansa en paz, Bernardo de Gálvez.

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