La peste de 1720 en la Francia de Luis XV

Francisco Cabrera Pablos
Academia Malagueña de Ciencias

Como decía Aldous Huxley “Quizás, la más grande lección de la Historia es que nadie aprendió las lecciones de la Historia”. En los días difíciles que nos ha tocado vivir, lo primero que se pone de manifiesto es la fragilidad del ser humano. Y si echamos la vista atrás podemos comprobar que, a pesar de los extraordinarios avances de la ciencia médica, poco o nada hemos aprendido sobre el comportamiento del hombre. Y es que hoy permanecemos en lo esencial y prácticamente sin mudanza en la misma tesitura que hace tres siglos o, dicho de otra forma, persevera inalterable la conducta de quienes, por espurios intereses personales, maltratan a la sociedad y de quienes dedican sus vidas a defenderla.

Y eso lo traigo a colación porque en unos días se cumplen trescientos años del comienzo de la denominada “Peste de Marsella de 1720”, que causó un daño insufrible en aquella ciudad francesa al morir casi la mitad de su población, extendiéndose además por todo el sur de la Provenza, y de allí a buena parte de los puertos del Mediterráneo. Como el coronavirus COVID19 que hoy padecemos, pero infinitamente peor. La epidemia se inició tras atracar en sus muelles, a fines de mayo de 1720, un buque llamado Gran San Antonio, que traía una partida de seda y algodón contaminada con el bacilo de Yersin: una enterobacteria que utiliza como vectores a las pulgas, que a su vez anidaban en las ratas -tan frecuentes en aquellas embarcaciones-. Pocas semanas después, la enfermedad se había extendido más allá de la propia ciudad. Las pérdidas de vidas y haciendas fueron enormes, llegando a más de 100.000 fallecidos en la Provenza francesa, hasta que a finales de octubre “las fiebres” comenzaron lentamente a remitir. No obstante, aún siguieron produciéndose contagios y decesos que alcanzaron hasta 1721.

En Málaga, la primera noticia que llegó sobre la enfermedad, que ya se había expandido por Esmirna, Chipre y la costa libanesa a través del tráfico marítimo, tuvo entrada en el cabildo municipal celebrado el 9 de agosto de 1720. Una real provisión de Felipe V, conservada en las Actas Capitulares del Ayuntamiento, informó del “contagio francés” y mandaba adoptar las precauciones de rigor con las que se debía de ser especialmente cuidadoso: en esa fecha los muertos en la ciudad marsellesa se contaban ya por centenares. Dos semanas después, otra orden, también depositada en el Archivo Municipal, prohibía de forma tajante cualquier comercio con nave alguna que procediera de dársenas francesas o que hubiesen tocado en puertos sospechosos de “padecer contagio”. Y hablamos de un 24 de agosto, cuando la vendeja estaba a punto de abrirse en Málaga y el puerto se llenaba de barcos de todas las banderas para cargar en sus bodegas la pasa y el vino de esta tierra: el daño económico era incalculable.

La suerte para nuestra ciudad fue que su gobernador, a la sazón Don Dionisio O’Brien, Coronel de dragones, estableció en la Junta de Sanidad que presidía unas condiciones de vigilancia extrema a la entrada de los muelles. En el cabildo celebrado el 30 de agosto, apenas una semana después de llegar las órdenes de la Corona, se informó a la Corte que ya estaban dispuestos los puestos de guardia y los arbitrios con los que habría de pagarse la denominada “barca de la salud”, en funcionamiento desde hacía días.

Era esta una chalupa en la que iba un médico o cirujano, dos concejales municipales (el cargo se llamaba “visitadores de navíos”), un escribano y un alguacil, y que en la misma bocana del puerto se pegaba al costado de cualquier barco que quisiera acceder a los muelles. Antes de autorizarle a lo que se denominaba “plática comercial” se le exigía la patente, la cual depositaban “con una caña” en un cántaro lleno de vinagre para su desinfección. Si “estaba limpia” se le permitía el atraque y, en caso contrario, se le despedía, debiendo abandonar esta bahía de inmediato. Hubo ocasiones en las que se llegó a cañonear alguna nave que se mostraba reticente al cumplimiento de las órdenes. Los dineros para acometer las medidas extraordinarias adoptadas se obtuvieron de la obra de un puente sobre el río que estaba construyéndose y cuyos trabajos se paralizaron durante meses.

El 9 de septiembre, una nueva carta de Felipe V pedía al cabildo eclesiástico malagueño iniciar las ceremonias religiosas habituales en estos casos, ya que la epidemia seguía extendiéndose con virulencia por todo el Mediterráneo. Al mismo tiempo insistía al gobernador que debía vigilar el cordón sanitario impuesto al tráfico portuario. La situación se mantuvo en España hasta que Francia declaró a Marsella “libre de contagio”, lo cual no sucedió hasta 1721. Málaga, en esta ocasión, no sufrió la epidemia como en tantas otras ocasiones, posiblemente gracias a la profesionalidad e inteligencia del gobernador de la plaza, que cumpliendo las órdenes recibidas estableció un férreo “cordón sanitario” el cual, a pesar del daño económico subsiguiente y de las quejas que generó, resultó absolutamente eficaz.

Y concluyo con un pensamiento personal y como tal discutible: la Historia no sirve para mucho, quizás para que al conocer como fuimos seamos capaces de comprender mejor cómo somos. Como decía Cicerón la “Historia magistra vitae et testis temporum”. Y perdón por el latinajo.

 

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