A PROPÓSITO DE LA DESERTIFICACIÓN

José Damián Ruíz Sinoga

Academia Malagueña de Ciencias

Con la excusa del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, que se celebra el 17 de junio de cada año, conviene que hagamos alguna reflexión respecto al concepto de desertificación, algunas veces tan controvertido y que induce a equívocas interpretaciones. Cuando nos referimos a la desertificación, estamos abordando un proceso que nos afecta mucho más de lo que pensamos, y que, desde luego, no consiste en la expansión del desierto, como erróneamente se ha trasladado desde algunos sectores de la opinión pública. En esencia, y según Naciones Unidas, a través de la Convención de Lucha contra la Desertificación, la desertificación “es el proceso de degradación del suelo resultante de factores como las variaciones climáticas o las actividades humanas, lo que implica la pérdida de suelos fértiles y la incapacidad de los ecosistemas de cumplir con su función reguladora para suministrar bienes y servicios. Los suelos se van agotando progresivamente,  cada vez producen menos hasta el punto que el proceso puede llegar a ser irreversible”. Esto es aplicable tanto para las lechugas, las patatas, como para el matorral protector, siendo las áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas aquellas más susceptibles de sufrir el efecto de desertificación.

El ámbito mediterráneo es una zona de especial afección. Todos los países, en mayor o menor medida, tienen una parte de su territorio afectado por tales procesos, y es España la que posee un mayor riesgo de sufrir desertificación. Alrededor del 75% del territorio se encuentra en grave peligro y un 6% ya se ha degradado de forma irreversible, particularmente en la vertiente mediterránea, y en especial en el sureste y Andalucía, por lo que la provincia de Málaga está directamente afectada por tales procesos, y dentro de la misma, son los Montes y la Axarquía las áreas que sufren el fenómeno con mayor intensidad. A todo ello contribuyen las previsiones de cambio climático que para España no son positivas, con un incremento de los efectos derivados de los riesgos del agua, sequías, rachas secas, torrencialidad e inundaciones, que apuntan a que los periodos de sequía serán cada vez más frecuentes e intensos, lo que agravará las consecuencias de la desertificación.

Hay que insistir, por tanto, en que los procesos que conducen a la desertificación no deben contemplarse en el marco de una dinámica cuyo resultado es la generación de un desierto propiamente dicho, sino como la conjunción de una serie de factores interrelacionados (físicos, biológicos, socioeconómicos, etc.) y que tienen como consecuencia la degradación de los ecosistemas naturales y productivos, de tal manera que se rompe el equilibrio entre los recursos naturales y su explotación. La intensa ocupación del territorio en ambientes mediterráneos por parte de distintas culturas supone que en estos procesos se puedan distinguir dos tipos:

(1) Desertificación heredada: considerada como difícilmente reversible y que conforma actualmente un paisaje en equilibrio de alto valor ecológico. La desertificación heredada se localiza en áreas donde secularmente han incidido desde tiempos remotos los procesos causantes de la desertificación, degradando la capacidad productiva de las tierras de tal manera que para obtener producciones agrícolas es necesario emplear elementos tecnológicos, además de tener que realizar actuaciones sobre el medio de fuerte impacto ambiental. Se trata de ámbitos en los que la desertificación es un proceso natural al que se han adaptado unas actuaciones humanas sobre el medio desde tiempos históricos. Esta conjunción de factores ha conformado unos paisajes en apariencia desérticos que constituyen en sí mismos áreas de un alto valor ecológico y paisajístico donde más que su recuperación, habría que considerar su puesta en valor como un recurso ambiental excepcional, por su extraordinaria importancia geológica.

(2) Desertificación actual: se manifiesta en zonas donde los procesos que la causan se muestran activos, con una degradación que aún no alcanza niveles irreversibles y donde es posible mediante la adopción de medidas correctoras mitigar la incidencia de esta problemática. Existen procesos actuales que actúan tanto sobre las zonas naturalmente desérticas, como sobre otras que han sufrido recientemente o están sufriendo degradaciones que pueden llevar a la desertificación de dichos territorios. La combinación del clima, aguas subterráneas, adecuación de uso y capacidad productiva del suelo, usos y biodiversidad, y geomorfología determina las áreas actualmente desertificadas o cercanas a la desertificación y donde los procesos están actualmente activos. Estas zonas presentan una producción agrícola tradicional de carácter marginal, gran parte de las áreas de cultivo se han abandonado, acentuándose la degradación de estas y solo perviviendo cultivos altamente tecnificados y de alto valor añadido, capaces de hacer rentables las inversiones y gastos corrientes necesarios para su producción.

Así pues se trata de un proceso complejo por lo que resulta difícil determinar una única causa, especialmente porque este fenómeno sucede como resultado de la confluencia de diferentes factores, provocados tanto por el clima como por la actividad del ser humano, con lo que algunos están directamente relacionados con un clima en el que imperan ciertos indicadores de aridez, las sequías estacionales y las lluvias poco constantes, otros con la degradación y erosión del suelo, otros con incendios forestales, con el éxodo rural y abandono de terrenos productivos, con la sobreexplotación de los recursos hídricos y contaminación de los acuíferos, con el crecimiento urbano desordenado -sobre todo en zonas costeras-, y por supuesto, todo ello en la dinámica de cambio climático, y su afección directa en el contenido orgánico de los suelos. Esto provoca una disminución en el carbono que contienen de manera natural, afectando con ellos a sus propiedades físicas, químicas y biológicas.

Las consecuencias en nuestro entorno se relacionan con el medio ambiente, la sostenibilidad y la estabilidad socioeconómica, y se manifiestan en la degradación de suelos y pérdida de biodiversidad, reducción de la producción agrícola e inseguridad alimentaria, alteración de los recursos naturales, intensificación de las consecuencias del cambio climático e impacto sobre el desarrollo sostenible y la calidad de vida.

Para combatirlos, en términos generales, se necesitan estrategias basadas en la revegetación y regeneración de las especies arbóreas, la mejora de la gestión del agua, a través del ahorro, la reutilización de las aguas depuradas, el almacenamiento del agua de lluvia, o la desalinización, el mantenimiento del suelo mediante el uso de biotecnologías en ámbitos litorales para frenar el avance de las dunas, y crear barreras arbóreas para proteger frente a la erosión eólica, el enriquecimiento y la fertilización del suelo a través de la regeneración de la cubierta vegetal y la consolidación de revegetación con especies autóctonas. Esta es una cuestión clave, puesto que los árboles, por un lado, absorben CO2 y, de otro, generan oxígeno. Así, revegetar zonas ayuda a reducir la contaminación atmosférica, combatirla mediante un aire más limpio y la absorción de CO2.

La lucha contra la desertificación en España no es reciente, al menos, administrativamente. Las inquietudes surgidas tras la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Desertificación de Nairobi (1977), se concretaron en España en el Proyecto de Lucha contra la Desertificación en el Mediterráneo (LUCDEME), desarrollado en origen por el extinto ICONA, y dirigido por quien fuera presidente de honor de la AMC, José Ángel Carrera Morales, siendo así España el primer país desarrollado en recoger las recomendaciones de las Naciones Unidas en esta materia. La ratificación por parte de España de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD), como país parte afectado, conllevó la preparación de un Programa de Acción Nacional como elemento central para luchar contra la desertificación. La restauración de terrenos degradados empezó a plantearse en España en la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo con la creación de la Administración Forestal.

La elaboración y desarrollo del Programa de Acción Nacional contra la Desertificación (PAND) constituye la principal obligación contraída por nuestro país como firmante de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD), cuyo principal objetivo reside en determinar cuáles son los factores que contribuyen a la desertificación y las medidas prácticas necesarias para luchar contra ella y mitigar los efectos de la sequía.

En los últimos años se está generando un gran volumen de información sobre desertificación, cuya obtención es estimulada y financiada por los organismos responsables de la planificación científica, tanto en el nivel nacional como europeo. Dicha información es de gran utilidad potencial, pero su aplicación a las necesidades del PAND requiere la integración de toda esta información, de forma que resulte útil para avanzar en la comprensión de las múltiples interacciones entre los factores que intervienen en el proceso de desertificación, sobre todo en el ámbito de la socioeconomía y para la definición de las medidas que propone el PAND. Desde hace ya tiempo y desde distintos ámbitos se tiene una clara conciencia de esta necesidad de reunir, analizar y difundir toda la información existente relacionada con la desertificación como apoyo fundamental al Programa de Acción Nacional contra la Desertificación, habiéndose puesto en marcha varias iniciativas encaminadas a su consecución. Y es aquí, donde resulta obligado destacar un aspecto fundamental como es la frecuente dificultad de convertir el conocimiento científico en instrumento capaz de ser utilizado por los gestores del territorio y los usuarios, y la necesidad de fomentar en los trabajos de investigación el desarrollo de instrumentos útiles para la gestión.

En Andalucía, todas las zonas desertificadas en la actualidad proceden tanto como consecuencia de causas naturales o históricas, como aquellas que son consecuencia de procesos recientes y, por tanto, antrópicos. De ahí la necesidad de identificar factores de riesgo de degradación o desertificación, aunque su incidencia no muestre aún señales de deterioro sobre el medio, puesto que así se puede promover una eficiente corrección de dichos factores.

El borrador de la Estrategia Nacional de Lucha contra la Desertificación (ENLCD), recientemente presentado por el Ministerio, ya avisa que casi tres cuartas partes del territorio español -un 74 %- se encuentran en riesgo de desertificación, con Andalucía y Cataluña a la cabeza en cuanto a procesos erosivos de gran calado, que se han acelerado además en los últimos años por motivos fundamentalmente socioeconómicos como el cambio en el uso agrario del suelo a superficies artificiales, el abandono de cultivos, la conversión de cultivos de secano en cultivos de regadío, la colonización de cultivos en ámbitos inapropiados y el incremento en el número de explotaciones ganaderas intensivas. Todo este muestrario puede ser reconocido en la provincia de Málaga, que no es ajena a los riesgos derivados de los procesos de desertificación, que tienen sus pródromos en la erosión del suelo.

La provincia de Málaga tiene el 86% de su superficie con una tasa de erosión del suelo por encima de la tolerable (5 Toneladas/Ha/año), y el 25% de la misma con más de 50 Toneladas/Ha/año, es decir, 10 veces por encima de lo tolerable. La agricultura intensiva y deforestación, y el sobrepastoreo, fueron y son las causas de todos los procesos de erosión acelerada y degradación del suelo que padece nuestra provincia, con repercusiones directas en la pérdida de productividad agrícola, degradación del ecosistema, y de capacidad de retención de agua, otro recurso que tampoco nos sobra, porque si el suelo se erosiona, se compacta, reduce su porosidad y pierde capacidad de retención hídrica, gran problema cuando tampoco nos sobran recursos hídricos. Allí donde esta degradación comience a ser irreversible, reduciendo la capacidad productiva de los suelos, se iniciarán los procesos de desertificación.

Diferentes razones lo explican. Se trata de una provincia muy heterogénea desde el punto de vista geográfico, lo que se traslada a una gran variedad de paisajes, con diferente tipo de peligros, riesgos y vulnerabilidad. Disposición de la orografía, vientos dominantes, torrencialidad, fuertes pendientes, proximidad al mar de estas, tipos de suelo muy erodibles, unida a una intensa ocupación del territorio por parte del hombre desde hace varios milenios, son factores que contribuyen a la presencia de los procesos de degradación del suelo. Podríamos afirmar que prácticamente el 75% de la provincia de Málaga posee un riesgo de desertificación, cuando menos, alto. Escapan a este nivel las zonas forestadas o reforestadas, que en muchos casos coinciden con Espacios Protegidos.

En estos procesos, el agua, por acción (erosión hídrica) u omisión (sequía y déficit hídrico), desempeña un papel importante. Dado que los recursos hídricos no sobran en función de la demanda existente, no solo por la agricultura, sino también por las actividades turísticas, dentro de las zonas de riesgo de desertificación, son las zonas de ladera cultivadas con leñosos en regadío las que adquieren una mayor intensidad. Coinciden con las áreas de subtropicales en la Axarquía fundamentalmente. En estas zonas se da la paradoja que se hicieron unos trabajos previos de abancalamiento, que allí donde estuvieron bien realizados, la implantación de los subtropicales supuso una reducción de las tasas de erosión, una vez asentado el suelo post abancalamiento.

El problema, por tanto, reside en la elevada demanda de agua de tales cultivos, porque la mayor competitividad y rentabilidad de las explotaciones también genera oportunidades derivadas de una mayor capacidad de inversión en la plantación que podría facilitar la adopción de buenas prácticas de lucha contra la degradación del suelo, así como favorecer, o ayudar a mantener, la profesionalización del manejo y gestión sostenible de las explotaciones, como plantea el Borrador de la ENLCD. Unas explotaciones que, bien manejadas, podrían presentar una serie de externalidades positivas, entre ellas, freno a los procesos erosivos, sumidero de carbono y asegurar puestos de trabajo contribuyendo a la fijación de la población. Es precisamente aquí donde hay que afinar en el concepto de sostenibilidad, de equilibrio de recursos, y de optimización de recursos hídricos.

El incremento del agua disponible no parece tarea fácil, dado que no se pueden incrementar los aportes pluviométricos, ni traer grandes cantidades de agua de otras áreas colindantes. No se puede trasvasar agua de sistemas hidrológicos que también pueden tener déficit de recursos hídricos. Eso sin entrar en valoración económica ni en los tiempos de puesta en valor de tales proyectos. Los agricultores lo saben perfectamente y, en cualquier caso, estaríamos hablando de resolver situaciones críticas, y por tanto excepcionales. Así que las soluciones posibles han de venir de la regeneración de aguas para riego, la desalación, la adecuación de especies menos consumidoras y la optimización de regadíos, y en todas ellas la investigación, el I+D+i, tiene mucho que decir.

En definitiva, en la lucha contra la desertificación, no puede haber otra estrategia posible que no pase, de una vez por todas, por la ordenación de los recursos, especialmente suelo y agua, y para ello, aparte de contar con todos los agentes involucrados, también hay que seguir profundizando tanto en la investigación, controlando la erosión y degradación del suelo,  experimentando con especies de cultivos subtropicales menos consumidoras de agua, optimizando el riego, mediante sistemas de regadío inteligente, que consideren las necesidades de agua de la zona radicular de las plantas, en función de la capacidad de retención de los suelos, así como potenciando el riego subsuperficial en la zona radicular de los árboles, como sistema adaptativo y eficiente, optimizando el riego, previa ordenación de recursos disponibles.

José Damián Ruíz Sinoga es Catedrático de Geografía Física de la Universidad de Málaga y Coordinador de la Sección de Medio Ambiente y Territorio de la Academia Malagueña de Ciencias.

3 comentarios en “A PROPÓSITO DE LA DESERTIFICACIÓN

  1. Muy clarificador tu artículo por ese alto contenido pedagógico y atrevido, pues tratas no sólo el elemento concreotual de la, desertification, sino que repasas toda la problemática que lleva inherente el mismo y que es de una alta complejidad.
    Tal y como dices «convertir el conocimiento científico en instrumento capaz de ser utilizado por los gestores del territorio… desarrollando instrumentos útiles para la gestión.» entiendo que ha de ser imperativo, especialmente en las actuaciones administrativas, para conseguir actuaciones coherentes y estructuralmente bien cimentadas en el conocimiento científico y en las buenas prácticas heredadas y que en analogía con esa definición, sean irreversibles y con un alto grado de sostenibilidad.
    Enhorabuena, Catedrático Doctor!!!

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  2. Sí la desertización en tierra, dónde podemos verla, medirla y si llegamos a tiempo, repararla, es preocupante, qué voy a decir de la desertificación de los mares y océanos. Ahí, dónde se produce la mayor parte del Oxígeno y se absorbe el CO2 resulta que tenemos ya amplísimos desiertos. Ya hace años se publicaban llamadas de atención sobre este preocupante asunto. Por ejemplo, «Los desiertos submarinos’ con poco oxígeno en los océanos tropicales se han expandido en los últimos 50 años, según nuevas mediciones. La causa más probable del cambio es el calentamiento global, y los modelos climáticos predicen que la tendencia continuará, amenazando potencialmente los ecosistemas marinos». El calentamiento de las aguas oceánicas va en aumento y la degradación de los fondos («suelos») y del medio pelágico es palpable con disminución del plancton y desaparición de cadenas tróficas de importancia capital.
    En definitiva, gran artículo sobre la degradación terrestre que habrá que completar algún día hablando de los desiertos marinos, su aumento y las consecuencias para todo el sistema Gaia.

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  3. Enhorabuena JDRS. Durante milenios los agricultores han mirado solo al cielo, pero no al suelo. Pero es en el suelo donde comienza la vida, donde esperan las semillas a veces siglos, donde bullen millones de microrganismos de los que depende buena parte de la biología de las plantas. Se cuenta de Tales de Mileto, el gran sabio griego, que iba tan abstraído, paseando por la noche, mirando hacia el cielo, meditando sobre la composición del cosmos, que cayó dentro de un pozo. Una mujer originaria de Tracia, que pasaba por allí, se rio de él preguntándole que por qué estaba tan ansioso por saber las cosas en el cielo mientras se le escapaba lo que tenía delante de sus pies. Así con el suelo. Hay que mirar más al suelo, estudiarlo, conocerlo, cuidarlo, y menos al cielo sobre el que nada podemos influir, solo esperar a que se produzca el milagro de la lluvia. Si acaso, si creyente, podemos encargar unas rogativas. Del suelo, en cambio, por un análisis muy barato un agricultor puede conocer la humedad, la cantidad de materia orgánica, la composición de minerales, la biota y otras muchas cosas que bien utilizadas le ayudaran a una adecuada gestión del suelo. La agricultura es un oficio que como cualquier otro debe ser estudiado. Un agricultor que no conoce las propiedades de los suelos y que no cuida la desertización de sus tierras será un mal agricultor. Hay que cambiar la dirección de la mirada. Trabajos como el tuyo están contribuyendo a ello. Enhorabuena.

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