LA TECNOLOGÍA NOS SALVA, LA TECNOLOGÍA NOS MATA

150 ANIVERSARIO SMC/AMC

El hombre fue faber antes que sapiens. A reflexionar qué cosa es la ciencia y que cosa es la técnica se han dedicado las mejores mentes de la filosofía de siempre, siendo, tal vez, Ortega quien mejor y con más claridad se ha acercado a esta reflexión (Meditación de la técnica, Ortega y Gasset, Revista de Occidente (5ª ed. 1964). En la Academia Malagueña de Ciencias conviven sensibilidades muy diferentes ante el reto que representa para el hombre moderno la omnipresente tecnología. Dado el interés del tema, hemos convocado a los académicos integrados en la sección de ciencias sociales y humanidades y a los de la sección de ciencias tecnológicas, a que en el breve espacio que nos proporciona este blog divulgativo y dentro de un marco general (“Humanidades y la Tecnología. Un camino de ida y vuelta”) nos dejen su opinión desde sus respectivas experiencias profesionales e intelectuales.

Federico J. C-Soriguer Escofet

Academia Malagueña de Ciencias

He estados dos veces en Canadá, la primera visité la casa del Dr. Banting, uno de los descubridores en 1921 de la Insulina, que ha salvado, desde entonces, millones de vidas,  y la otra en las cataratas del Niágara donde vi el “Spanish Aerocar” concebido por Leonardo Torres Quevedo y construido en 1913 por la compañía española “The Niagara Spanish Aerocar Co. Limited”. El “funicular” abrió sus puertas en agosto de 1916, y desde entonces ha sido reformado en 1961, 1967 y 1984, continuando en la actualidad en funcionamiento como atracción turística. ¡Parece que en esos años Rafael Benjumea, el conde de Guadalhorce, no andaba tan solo! No estaba nada mal para un país que ha vivido, dicen, de espaldas a la ciencia y a la técnica.

Un viejo amigo, de obediencia maoísta en la Transición, vio en el desarrollo de los primeros “main frame” la gran oportunidad para llevar a cabo uno de los objetivos de la revolución roja: el centralismo burocrático. Pero la contra-revolución de los “laptop” (portátiles) le fastidió el proyecto y ahora anda reñido con un mundo que no ha estado a la altura de sus expectativas revolucionarias. Claro que, en su descargo, mi amigo también decía que la tecnología (informática) no era de derechas ni de izquierdas, simplemente era inevitable. Pero, ¿realmente no tiene ideología la tecnología, como decía el viejo maoísta? Lo que sí tiene, desde luego, es historia. “Hacer es pensar”, dice Richard Sennet el gran sociólogo pragmatista americano en su extraordinario libro “El Artesano”.  

La tecnología ha acompañado al hombre desde que la bipedestación le permitió liberar las manos que se convirtieron en una extensión de la mente. La primera vez que leí sobre esta idea, fue en los años sesenta (aún no había terminado la carrera de medicina) en un libro de Faustino Cordón, un biólogo español, injustamente olvidado.   El profesor Antonio Diéguez nos recuerda con frecuencia como fue Ortega uno de los primeros filósofos que desarrolló un pasamiento sistemático sobre las relaciones del hombre con la tecnología. Pensar la tecnología y pensarla para el mundo desde una España del primer cuarto del siglo XX que andaba enfrascada en un debate en torno al casticismo, tenía mucho mérito. El hombre primero fue  “sapiens” por “faber”,   por así decirlo.  Y lo dijo Ortega por activa y por pasiva y por escrito,  porque, al fin y al cabo, ¿no fue la escritura la primera y más grande de todas las revoluciones tecnológicas de los humanos? La escritura hizo que el hombre pasara de la prehistoria a la historia. Y un poco más adelante la imprenta y la máquina de escribir hicieron el resto. Porque la máquina de escribir cambió la relación íntima del autor con el texto.

Friederich Nietzsche sufría problemas de salud que le dificultaban la tarea de leer y escribir. En 1882 le regalaron una máquina de escribir danesa, una “Writing Ball Malling-Hansen”. Aprendió a escribir rápido, con los ojos cerrados, usando sólo la punta de los dedos.  Al poco tiempo ocurrió algo extraño, la prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página. Así lo reconoció Nietzsche. “Nuestros útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos”. T. S. Eliot tuvo una experiencia parecida cuando pasó de manuscribir sus ensayos y poemas a mecanografiarlos. “La máquina de escribir fomentará la lucidez, pero no estoy seguro de que haga lo mismo con la sutileza”, escribió.

El paso de la máquina de escribir al teclado del ordenador es una experiencia que hemos vivido todos los que nacimos en la era previa a los PCs, hasta el punto de que la vuelta atrás suele ser traumática y nada fácil. Tal y como señala Norman Doidge: “La gente que siempre escribe con ordenador a menudo se ve perdida cuando tiene que escribir a mano. (…)”. Las relaciones entre la tecnología y la ciencia son sutiles y a distinguirlas o a con-fundirlas se ha dedicado buena parte de la actual filosofía de la ciencia. Hay una anécdota de Unamuno que representa bien la ambivalencia ante la tecnología y, de paso, la actitud de una parte de la cultura española ante la tecnología. En una carta a su médico le escribe: “Lo digo y lo repito, el progreso es un mal necesario; ¡me cago en el vapor, en la electricidad y en los sueros inyectados!

¿Representaba Unamuno a la España de su época? Es posible, aunque Unamuno hizo de la paradoja y la contradicción un arte y, por otro lado, no parece que tuviera nunca vocación de representar más que a sí mismo. Cajal y Unamuno se admiraban mutuamente pero no estaba Cajal muy de acuerdo con la interpretación trágica y castiza que del país hacía Don Miguel. Al menos sobre la ciencia. En marzo de 1913, Cajal contesta por carta a Unamuno quien le ha pedido una recomendación para una beca al extranjero de un conocido suyo. En su respuesta, aparte de garantizarle la ayuda, Cajal escribe: “Puede que en algunos puntos secundarios haya divergencias entre las ideas de usted y las mías sobre el plan de elevación intelectual de España: pero creo que en lo esencial coincidimos. Trabajamos en campos diferentes y por eso nos impresiona más aquella parte o sector de decadencia y atraso situado cerca de nosotros, o en la corriente de nuestros gustos. Somos en fin diversos pero complementarios. Lo mucho y exquisito que dice usted en su libro “Mi Religión”, lo suscribo yo por completo. Creo que España debe desarrollar su ingenio propio, su personalidad original, en arte, en literatura, en filosofía hasta en el modo de considerar la vida, pero en ciencia debemos internacionalizarnos. Hay escuelas filosóficas, literarias, artísticas, políticas; pero solo hay una ciencia, la cultivada desde Galileo a Pasteur y Claudio Bernard”. 

Y llegado este momento, después de releer las palabras de Cajal, solo me resta callar.

3 comentarios en “LA TECNOLOGÍA NOS SALVA, LA TECNOLOGÍA NOS MATA

  1. Federico, tus escritos como siempre no sólo nos aportan conocimiento sino que nos dan pinceladas para reflexionar.
    Si me permites y profundizando en la anécdota de Nietzsche, encuadrada en el periodo final del siglo XIX, a mi me sirve hasta principios de los años noventa del XX, con la aparición del Windows 3.0. La elasticidad de la escritura manuscrita se vuelve rígida como bien indicas, con el tecleado digital de su máquina de escribir y con su incómoda marcha atrás, ante una equivocación. ¡Cuántas ideas y palabras se volverían definitivas, con tal de no tocar nuevamente el texto y cuantas se quedarían en su mente!. Singularizando en mi experiencia el «delete», del procesador de textos, me permite recorrer caminos hasta que encuentro el que buscaba y que en ese momento te satisface. La elasticidad es total y la producción de ideas y palabras se ha adaptado a la tecnología, aunque se vaya perdiendo, como bien dices, el placer de la escritura.
    Enhorabuena y como siempre, un placer leerte y darme la oportunidad de pensar.

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  2. De la escritura con pluma de ave, a la imprenta y la maquina de escribir, y del «main frame» centralizador al «lapton» liberalizador pero conformadores en lo personal, comunitario y colectivo versus colectivizador… que no excluye el «ingenio propio» pero lo condiciona.

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