EL QUIJOTE DE MI SEÑOR DON MIGUEL O LA REPRESENTACIÓN LITERARIA DE LO BELLO

Francisco Cabrera de Pablos

Academia Malagueña de Ciencias

Allá por el año del Señor de mil cuatrocientos y noventa y dos, en la pujante república florentina y bajo la protección de los Médici, un muchacho de apenas 17 años sorprendía al mundo esculpiendo en el duro mármol de Carrara —hasta casi darle vida— una obra extraordinaria: el Combate de los centauros contra los lapitas. Se nombraba Buonarroti y habíase ganado a pesar de su juventud la admiración de cuantos le conocían. En Miguel Ángel —de quien Julio II afirmaba que no tenía sangre en las venas, que tenía pintura—, se conjugaban de forma magistral dos pareceres sobre la belleza. De un lado, la búsqueda de la perfección clásica en el labrado de la piedra, el proyecto de una cúpula o el trazo sobre un muro; del otro, el sentimiento del artista que transgredió la norma en una Sixtina, auténtico derrame de fuerza contenida (la famosa terribilitá del Buonarroti), nunca superada desde entonces en la Historia de la Pintura. Norma y medida; emoción y sentimiento, siempre presentes en los grandes genios del Arte o de la Literatura.

El 22 de abril de 1616 moría a los 68 años en Madrid un veterano escritor, novelista, dramaturgo, poeta, aventurero y soldado. Apenas tres días antes dedicó su último libro, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, a su protector y mecenas Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos. Acabamos de cumplir los cuatrocientos cinco de una cervantina ausencia que dejó casi huérfanas a las letras españolas.

También se aúnan en él los dos conceptos de la belleza miguelangelesca. Una influencia clásica italianizante en su novela pastoril La Galatea, por ejemplo, y la continua transgresión de la tradición de “los” Amadís de Gaula en una obra itinerante como lo es El Quijote. En medio, su vida: un inmenso patrimonio literario que abarca prácticamente todos los géneros en los cuales demostró una extraordinaria capacidad y una voluntad decidida de enfrentarse a las adversidades que tan presentes estuvieron siempre tanto en su vida como en su obra.

Una historia esta, la de Alonso Quijano, aderezada con pinceladas de la picaresca española, que se mueve entre la locura del Ingenioso Hidalgo y la prosaica racionalidad, extraordinariamente materialista, de su buen escudero Sancho. Una lucha constante entre el idealismo y la realidad. Una narrativa por cierto no exenta de romanticismo en muchos de sus capítulos. En resumen, una obra tan magistral como eterna.


Les advantvres du fameux Chevalier Don Qvixot (1650). Biblioteca Nacional. Madrid.

Los que vivimos la inmensa fortuna de tener entre nuestros profesores a quienes nos “obligaron” a leer las venturas y desventuras de aquel caballero andante nos acercamos de cuando en cuando al inmenso saber que encierra una obra que nos ha sido referente desde entonces. Una obra siempre actual, incluso en nuestros días, sobre todo en nuestros días, a pesar de los arcaísmos que encierra.

De la producción cervantina han sido muchos los que han hecho una detenida exégesis y no es este por sus lógicas limitaciones el lugar para acometer una más; ni posiblemente sea yo la persona más indicada para hacerla. La pretensión única de estas líneas es recordar la descomunal trascendencia que ha supuesto en la Literatura Universal este “Cristo castellano, triste hasta su muerte” como tan acertadamente le definiera don Miguel de Unamuno.

Si la vida y la obra del Buonarotti resulta apasionante no lo fue menos la de Cervantes. Fugitivo en Roma, soldado en Nápoles, marino en la Marquesa, herido en Lepanto, prisionero en Argel, preso en España, comisario real, excomulgado, encarcelado de nuevo y criticado siempre, tanto en los círculos literarios, ¡ay don Lope!, como incluso en los familiares. En definitiva, una vida apasionada y apasionante.

En el verano de 1604 don Miguel ya tendría terminada la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, publicada en Madrid en 1605 y que obtuvo un éxito razonable. Diez años después, vio la luz la segunda y última, posiblemente como respuesta al llamado “Avellaneda”, cuyo autor fue un oscuro personaje, Alonso Fernández de Avellaneda, que había editado en Tarragona una obra quijotesca aprovechando el éxito obtenido por la de Cervantes y en la que, además, le insultaba tachándole de viejo y manco. Esto último, mereció por cierto una contundente respuesta: “que seme tache de viejo y de manco, como si en mi mano estuviera detener el tiempo, que no pasara por mí, o como mi manquedad hubiera nacido en una taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, presentes y esperan ver los venideros.”

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Cervantes anduvo en los últimos años de su vida con estrecheces económicas, hasta el extremo que hubo de enterrarlo la Venerable Orden Tercera con sayal franciscano en las Trinitarias Descalzas de Madrid. Con él desaparecía uno de los más colosales escritores de todos los tiempos, que se acercó de forma magistral a los más variados géneros literarios, incluyendo una poesía para la que no se creía muy dotado. Resulta curioso que como los grandes hombres que en el mundo han sido dudara en esto de su extraordinaria genialidad: “Yo que siempre me afano y me desvelo, por parecer que tengo de poeta los dones que no quiso darme el Cielo.”

En resumen, Cervantes y Miguel Ángel buscaban lo mismo. Una belleza que es norma y medida, sin duda necesarias; pero también es emoción y sentimiento, que resultan imprescindibles en una obra maestra.

Como emoción y sentimiento tenía el ilustre manco de Lepanto en cada una de las historias de su vida. Igual que aquel atormentado muchacho florentino que cuando los pinceles no eran capaces de plasmar sus propias emociones en los techos de la Sixtina se lamentaba diciendo que es que él “no sabía pintar”.

Y por hoy es suficiente, que ya aconsejaba el sabio y enjuto hidalgo manchego a su orondo escudero en la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, “sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo.”

12 comentarios en “EL QUIJOTE DE MI SEÑOR DON MIGUEL O LA REPRESENTACIÓN LITERARIA DE LO BELLO

  1. Delicioso texto, que en la comparativa semejanza de dos genios, nos enseña detalles biográficos y artísticos de ellos. La humildad en sus manifestaciones acerca del alcance de sus potencialidades se engrandece en unos tiempos en que la mediocridad impera en nuestra sociedad. Me ha gustado especialmente la afirmación, y que con tu permiso copio: “Una belleza que es norma y medida, sin duda necesarias; pero también es emoción y sentimiento, que resultan imprescindibles en una obra maestra.”
    Enhorabuena, Paco!!!

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  2. Esa comparación entre artistas extraordinarios de aquí use allá debería servir para que muchos hoy entendieran que los genios españoles de antes y de ahora son comparables a los de fuera que tanto se valoran. El mismo ejercicio que haces, excelente, con Miguel Ángel y Cervantes alguien debería hacerlo con personas actuales.
    Un gran acierto el tuyo.

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  3. Pues sí, tienes toda la razón. Y de genios, en España, la nómina es muy amplia, incluyendo los que han dedicado sus vidas a las Ciencias en la que las limitaciones han sido siempre siderales comparándolas con las vividas por los científicos en otros escenarios, a veces no tan lejanos. Gracias de nuevo.

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  4. Pintura, escultura, literatura y los genios de la belleza y de la perfección
    ¿Qué obstaculiza la genialidad, la belleza y la perfección en las Instituciones, que debieran articular respuestas armónicas a los problemas sociales?

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