LAS ACADEMIAS DE CIENCIAS DESPUÉS DEL COVID-19

¿Cómo pueden contribuir las ciencias sociales y las humanidades al análisis del impacto que la pandemia de COVID-19 está teniendo en la sociedad? Diversos académicos pertenecientes a la Academia Malagueña de Ciencias (AMC), encuadrados en la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades, traerán a esta tribuna de opinión sus particulares perspectivas sobre este asunto. Intentamos así contribuir al encuentro entre las ciencias y las humanidades. Es este un objetivo prioritario, pues parece  imprescindible que juntos pensemos el mundo, ya que no es la naturaleza la que se especializa sino los humanos. La especialización ha contribuido de manera muy importante al aumento de la información y al progreso, pero también hay en este momento un exceso de información, una infodemia, que no siempre contribuye a la mejora del conocimiento. El pensamiento crítico independiente de los académicos, nos permitirá conocer mejor los desafíos a los que la sociedad se enfrenta como consecuencia de esta catástrofe mundial sobrevenida.

Federico J. C-Soriguer Escofet

Academia  Malagueña de Ciencias

Después del COVID-19 nada volverá a ser igual, suelen  decir los optimistas.  No, será peor, dicen los pesimistas. Nada va a cambiar dicen los escépticos.  Es posible, pero por lo pronto, las instituciones sí que están cambiando.  Por ejemplo la AMC, desde la que escribo esas líneas, transformada ahora en una academia de ciencias virtual. Y la realidad virtual es parte de la realidad pero es otra realidad. 

A la AMC le preocupa lo que está ocurriendo en el mundo porque está en el mundo. Y la primera responsabilidad de cualquier institución es  preocuparse y ocuparse de lo que le está ocurriendo a ella, pues es posible que si consigue entender lo que le está ocurriendo consiga entender algo de lo que le está ocurriendo al mundo. Y para entender algo hay que pensarlo. Y a ello se ha convocado la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades de la AMC,  no porque las otras secciones sean incapaces de pensarlo sino porque es propio de las ciencias sociales y las humanidades pensar el mundo  sin fronteras ni limites, como es propio de un ingeniero construir un puente o de un biólogo desentrañar el funcionamiento de una célula.

Pero, sentada esta  premisa, lo difícil en el interior de una institución es pensar colectivamente y  hacerlo  cooperativamente.  Porque pensar lo hacemos todos, hasta el más lerdo de los humanos. Pero pasar del pensamiento personal al pensamiento institucional exige una experiencia para la que la mayoría de las personas e instituciones no están preparadas. El pensamiento cooperativo no es lo mismo que el pensamiento colectivo. Este último está desprestigiado pues  ha sido utilizado por todos los tiranos que han impuesto por la fuerza el suyo propio convirtiéndolo en bandera de la colectividad. La inteligencia cooperativa es otra cosa. Exige una estrategia, una metodología y una especial disposición. La inteligencia cooperativa no surge del resultado de una negociación sino de un diálogo.  No es la media de  todas las propuestas que en un momento se exponen encima de la mesa, sino el resultado de un encuentro  entre iniciativas complementarias. La inteligencia cooperativa no es un intercambio sino una suma.  

La inteligencia de grupo exige de interlocutores validos. Si no es tiempo perdido.  Un interlocutor valido es alguien que está dispuesto desde el primer momento a contribuir al proyecto general. Que es capaz de escuchar y de aportar.  La inteligencia de grupo  es incompatible con el liderazgo único pero exige de liderazgos transversales. La confianza es una condición indispensable pues no es posible la inteligencia de grupo sin la generosidad ni esta sin la confianza, garantía de la  reciprocidad. Exige también una cierta organización que permita pasar de la tormenta  de ideas a la concreción de estas ideas en propuestas y hechos.  

Don Santiago Ramón y Cajal decía que con las ideas  hay que hacer algo, pues  como con las manzanas en el árbol si no se cogen se pudren.  Las academias que nacieron con las luces de la Ilustración, necesitan ser repensadas si quieren ser además de  vetustas, instituciones útiles para los ciudadanos del siglo XXI. Y una de de las cosas que las academias deben hacer es pensar el mundo del siglo XXI desde su carácter multidisciplinar. 

La AMC tiene por su propia naturaleza la estructura ideal para cumplir con esa misión.  Los académicos han sido elegidos por su historia profesional, por su currículo científico o académico, por su contribución a la sociedad.  ¿Cómo darle ahora, como académicos, un valor añadido a todo eso? La pandemia COVID 19 es un reto para la sociedad. Todos tenemos algo que hacer, algo que decir para hacerle frente. ¿Cómo hacerlo como académicos? ¿Cómo hacerlo desde la academia? La pregunta es válida también  para los numerosos retos que el siglo XXI nos está planteando y la  COVID-19 nos debería servir como entrenamiento. 

En las sociedades modernas la idea de riesgo ha pasado de ser una oportunidad de perder algo a una oportunidad para ganar algún beneficio. ¿Cómo podemos salir reforzados de esta  pandemia?  Pensar los riesgos como una oportunidad es ya de por sí un enorme reto, que exige un cierto distanciamiento.  Y es muy difícil pensar el mundo y al mismo tiempo vivir en él. Un objetivo que es más fácil de conseguir con la inteligencia cooperativa.  Un reto para una academia del siglo XXI.

EPÍLOGO

Hace unas semanas comenzó  en este blog de la Academia Malagueña de Ciencias una sección bajo el epígrafe general: “Qué pueden aportar las ciencias sociales y las humanidades a la pandemia”.  Es esta una iniciativa surgida en el seno de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades en la que han colaborado la mayoría de sus miembros y algunos otros colegas del resto de las secciones.

Las distintas contribuciones, escritas bajo la particular cosmovisión que da el profesar en una disciplina,  han demostrado que un asunto como esta dramática pandemia será más fácil de gestionar si se cuenta con “toda la inteligencia del mundo”.  Al fin y al cabo como ya dejó claro Kant no hay especialistas en fines sino en medios y son estos los que algunas personas llegan a dominar a base de esfuerzo y de estudio dando carácter disciplinar al conocimiento. No existe tal cosa como un conocimiento universal capaz de comprender la totalidad del mundo. Solo hay conocimientos fragmentarios  que para que puedan tener una utilidad global deben ser compartidos por toda la humanidad. Es esto lo que debería llamarse conocimiento cooperativo del que hablamos en este artículo, último de  esta serie y que precede a este epílogo que cierra la serie. 

Desde aquí, como coordinador de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades quiero darle las gracias a todos los que han colaborado en la iniciativa y, también a los que no lo han hecho por motivos varios pero que han puesto su mejor disposición y benevolencia en su lectura y difusión. Y desde luego mi especial reconocimiento a Fernando Orellana Ramos, presidente de la AMC, por su dedicación a la Academia, por su empeño  por mantener la cohesión  interna  entre las diferentes sensibilidades que conviven en la misma y, sobre todo, por el  derroche de imaginación imprescindible  para darle sentido a las academias en el siglo XXI y muy especialmente en este año tan difícil para todas las instituciones. Por último mi agradecimiento a Víctor Díaz-del-Río Español, compañero académico y editor de este blog, quien con su entusiasmo y buen hacer está consiguiendo que muchos de nosotros, viejos analógicos, nos convirtamos en jóvenes digitales.

7 comentarios en “LAS ACADEMIAS DE CIENCIAS DESPUÉS DEL COVID-19

  1. Además de mantener la cohesión interna entre las diferentes sensibilidades que conviven en la Academia, lograr que ese espíritu cooperativo se imponga sobre el liderazgo colectivo sin transversalidad y que por ende todos nos sintamos partes válidas de ese todo, es motivo más que suficiente para sentirnos orgullosos de los resultados que se están obteniendo.
    Enhorabuena Federico, por tan magnífico resumen.

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  2. Enhorabuena Federico, me ha encantado tu exposición. Me ha parecido un gran cierre para el epígrafe: “Qué pueden aportar las ciencias sociales y las humanidades a la pandemia” que ha contado con muy buenos artículos y de gran interés. Y como bien dices la Academia Malagueña de Ciencias se ja adaptado a los nuevos métodos del siglo XXI

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    1. Gracias por vuestros comentarios. La mayoría de los sociólogos coinciden en que uno de los problemas de este país es la excesiva presencia de la política en la sociedad. Dicho esto, que comparto, casi no me reconozco en el comentario, pues pertenezco a una generación que creció en la dictadura en donde el mayor anhelo de muchos ciudadanos era, precisamente, tener la oportunidad de participar políticamente en la construcción del país. Pero han cambiado muchas cosas desde la muerte de Franco y una de ellas, quien lo iba a decir, es esta de la excesiva politización de la vida cotidiana. No es este un comentario anti político sino una llamada, un grito casi, sobre la necesidad de trabajar desde lo que con tanta imprecisión se suele llamar sociedad civil sin dejarse arrastrar por el sucursalismo partidario. No es nada nuevo y es esta una revolución pendiente que otros muchos ya lo intentaron antes y repetidamente fracasaron. Son muchos los ejemplos pero hoy desde esta AMC me quiero acordar de todos aquellos que en el primer cuarto del siglo pasado generaron lo que se llegó a llamar la edad de plata de la ciencia española. Fueron gentes que se arremangaron y desde su trabajo cotidiano, desde la colaboración, la generosidad y el altruismo no solo desarrollaron grandes proyectos personales sino que diseñaron o trabajaron para engrandecer las instituciones, que luego el fracaso politico de la República y los larguísimos años de oscuridad de la dictadura se encargaron de enterrar. Pero las ideas no mueren con las personas y aquel espíritu patriótico (en aquella época no había ningún pudor en utilizar este término) ha sobrevivido hasta nuestros días aunque hoy nos abstengamos de utilizarlo. Hoy como entonces, – hoy mucho mejor que entonces-, es imprescindible trabajar desde la sociedad, cada uno desde su particular disposición y mejor hacerlo a través de instituciones que como en este caso, vienen avaladas por una historia centenaria. Si no existiera la AMC habría que inventarla, por eso es un regalo el encontrarla ya hecha, vetusta si, pero esperando que cada uno de nosotros haga lo que tiene que hacer. Porque la pertenencia a una institución a la que se accede como un privilegio se justifica porque permite que el trabajo de todos sea mayor que la suma de las partes. Es a esto en lo que en el artículo llamaba trabajo cooperativo . Un trabajo que por la propia naturaleza de la Academia debe ser sobre todo de reflexión sobre el mundo, nuestro pequeño mundo pero también sobre el mundo grande, cada uno desde su experiencia, desde sus tradiciones disciplinares y desde sus intereses intelectuales que casi siempre han venido determinados por alguna forma de vocación y por alguna forma de servicio a la sociedad. Servicio a la sociedad y vocación, que pueden y deben facilitar el encuentro disciplinar que permita seguir trabajando por nuestro país desde la sociedad, sin interferencias de banderías políticas, siguiendo el ejemplo de todos aquellos que hicieron posible que la academia cumpla este año próximo 150 de existencia. Trabajar en fin desde la sociedad civil para que nuestro país sea más culto, más civilizado. más igualitario y más próspero.
      Con mi agradecimiento a todos, un abrazo

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      1. Federico, enhorabuena por tu iniciativa, felicidades por tu epílogo y gracias por tu respuesta a los comentarios.
        Tus iniciativas siempre acertadas y tus comentarios siempre sugerentes están ayudando a la AMC a encontrar ese camino siempre difícil de enfrentar su futuro sin olvidar, ni mucho menos renegar de su pasado. Con frecuencia se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero esa es una frase hecha que pocas veces responde a la realidad, más allá de la miopía del que la pronuncia. La AMC en sus solo 150 años de historia ha pasado por muchas vicisitudes, desde ser faro intelectual de la Málaga preuniversitaria hasta peligrar su continuidad o languidecer su influjo. En cada etapa hubo académicos que aportaron su empuje para llevarla hasta este momento, con sus luces y sus sombras, a los que todos debemos estar agradecidos. Y también en este comienzo del siglo XXI se puede plantear la duda de si la contribución de las Academias a la sociedad actual tiene sentido o son cosa del pasado. Y ahí Federico, de nuevo encuentra el punto adecuado que justifica la idoneidad de un proyecto vivo como es la AMC. Lo que la Academia no puede hacer es lo que otras instancias mejor dotadas hacen con plenitud, y me refiero a las universidades o a las editoriales científicas especializadas, apoyadas por las ventajas de los nuevos modos de comunicación globalizados. Lo que la AMC puede y debe hacer es, en palabras del propio Federico expresadas más arriba “…un trabajo que por la propia naturaleza de la Academia debe ser sobre todo de reflexión sobre el mundo, nuestro pequeño mundo pero también sobre el mundo grande, cada uno desde su experiencia, desde sus tradiciones disciplinares y desde sus intereses intelectuales que casi siempre han venido determinados por alguna forma de vocación y por alguna forma de servicio a la sociedad…”
        Gracias Federico.

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  3. Gracias Pepe por tu precisión y por tu comentario. Se suele decir que cuando dos personas, “dos interlocutores válidos”, intercambian ideas el resultado es que habiendo comenzado con una sola, sale del encuentro cada uno con dos, la propia y la ajena. Es lo que me ha ocurrido en todas las ocasiones en las que he compartido contigo iniciativas y proyectos. En una obra de Samuel Beckett hay un diálogo entre un sastre y su cliente (Cito de memoria)“CLIENTE: Dios hizo el Mundo en siete días y usted ha tardado un año en hacerme el traje. SASTRE: Sí, es cierto. Pero fíjese como está el Mundo y como le queda mi traje.” Un ejemplo a seguir el sastre de Beckett.
    Un abrazo
    Federico Soriguer

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