LA HISTORIA, MAESTRA DE LA VIDA: PUERTOS, PESTES Y PANDEMIAS

¿Cómo pueden contribuir las ciencias sociales y las humanidades al análisis del impacto que la pandemia de COVID-19 está teniendo en la sociedad? Diversos académicos pertenecientes a la Academia Malagueña de Ciencias, encuadrados en la Sección de Ciencias Sociales, traerán a esta tribuna de opinión sus particulares perspectivas sobre este asunto. Intentamos así contribuir al encuentro entre las ciencias y las humanidades. Es este un objetivo prioritario, pues parece  imprescindible que juntos pensemos el mundo, ya que no es la naturaleza la que se especializa sino los humanos. La especialización ha contribuido de manera muy importante al aumento de la información y al progreso, pero también hay en este momento un exceso de información, una infodemia, que no siempre contribuye a la mejora del conocimiento. El pensamiento crítico independiente de los académicos, nos permitirá conocer mejor los desafíos a los que la sociedad se enfrenta como consecuencia de esta catástrofe mundial sobrevenida.

Francisco Cabrera Pablos

Academia Malagueña de Ciencias

Nescire autem quid antequam natus sis acciderit,

id est semper esse puerum.

Marco Tulio Cicerón.

La historia de Málaga está ligada a la de sus muelles. Incluso cuando estos aún no existían, las inquietas naves cananeas ya arribaban a sus playas procedentes de las teocracias orientales aportando civilización, desarrollo y ciencia. También traían en las bodegas de sus embarcaciones mercaderías de todo tipo junto a las más variadas enfermedades, tan antiguas como el hombre.

Durante siglos, existió una intensa actividad comercial en una Málaga estratégicamente situada frente a las costas norteafricanas y tan cerca del Estrecho. Una Málaga que mercadeaba con todo el hinterland al que servía y al que abastecía de los productos que aquí nos llegaban en barcos de todas las banderas: bacalao, madera, cereales, paños, sedas, quincallería y objetos de vidrio y cerámica. A cambio, embarcaban de regreso a sus puertos higos secos, almendras, garbanzos, granadas, limones, nueces y, sobre todo, pasas y vino que producían a la ciudad y a su gente los mayores beneficios. Sin embargo, con ese comercio también introducían las más diversas patologías en fase de viremia a través de los marineros, claramente enfermos, o en mercancías contaminadas con agentes patógenos en insectos o roedores que actuaban de huéspedes y vectores de esas mismas enfermedades.

Dejando en el tiempo las casi olvidadas epidemias de extraordinaria trascendencia en la antigüedad -la peste Antonina, por ejemplo, que diezmó a la población europea-, en el medievo se padecieron pandemias terribles. La de 1348 y 1349 asoló Europa, Asia y África. De ella conservamos el manuscrito del poeta Abu Abdallah Muhammad Ibn Mushtamal al-Bilyani, un hombre culto que hace siete siglos hizo una magnífica descripción de la enfermedad en nuestra región y, algo curioso, ya recomendaba entonces la importancia de un confinamiento de los enfermos para luchar contra el contagio: hace de eso, insisto, siete siglos.

Manuscrito de Abu Abdallah Muhammad Ibn Mushtamal al Bilyani.
Mezquita de Al-Azhar. El Cairo (1348/1349).

Durante la Modernidad, Málaga padeció no pocos brotes epidémicos de mayor o menor virulencia. Entre 1493 y 1494, a poco de que la ciudad cambiase de etnia y credo, se extendió el primero de ellos que causó numerosas muertes.

La mayoría de las veces, tales contagios entraron a través de los muelles: la del “moquillo” de 1522, el catarro de 1580 (arribó a Sevilla a bordo de unas galeras que regresaban de Portugal) o dos años después los “carbunclos pestilentes” en una nave procedente de Flandes. La peste de 1597, al atracar un barco con enfermos. Otra en 1600 que, al igual que la de 1637, tuvo su origen en un navío llegado a Málaga camino de Liorna a principios de abril “entrando en él sin ser reconocido”. Aún más en 1648, 1674, 1678 y 1679.

Las padecidas por la población malagueña en el siglo XVIII no fueron tan numerosas pero su morbilidad fue mayor, sobre todo las de vómito negro o fiebre amarilla, reproducidas a comienzos del siguiente al igual que las de cólera y tifus.

Y así convivieron en Málaga y su entorno estas enfermedades hasta que aumentó el conocimiento sobre la transmisión de tales patologías en el último tercio del siglo XIX. Un conocimiento que llegaría con los avances de la microbiología, de la mano del hijo de un curtidor de París de nombre Louis y apellido Pasteur y su Omne vivum ex vivo.

La potabilización del agua, la recogida de basuras y los sistemas de excretas poco salubres fueron otros tantos elementos que, junto a los avances del saber médico, permitieron disminuir la virulencia de estas epidemias.

Y las vacunas, cuya importancia queda fuera de toda duda en el mundo científico y en la sensatez de los mortales, a poco que se recuerde el descubrimiento finisecular de Edward Jenner contra la viruela y la extraordinaria labor de difusión que sobre la misma hizo el médico español Francisco Javier Balmis.

Las epidemias que durante siglos asolaron nuestra ciudad y con los escasos conocimientos científicos entonces existentes, se enfocaron desde dos ópticas bien distintas: el cierre absoluto de la ciudad y sus muelles en cuanto había sospecha de contagio, o la relajación en las medidas de control por quienes tenían la responsabilidad de aplicarlas.

En el primero de los casos las consecuencias fueron dramáticas desde un punto de vista económico provocando la ruina de agricultores, comerciantes y consignatarios que no podían sacar sus productos, pero los decesos o no se produjeron (la peste de Marsella de 1720 que no entró en Málaga, por ejemplo) o no revistieron la gravedad de otras epidemias. En el segundo, además de las pérdidas materiales, incluso más importantes, las muertes se disparaban exponencialmente cuando la vigilancia se relajaba desoyendo el consejo de los médicos.

La visita de navíos, el barco de salud y la Junta de Sanidad fueron otros tantos empleos y organismos que vigilaban desde la res publica la entrada descontrolada de naves con riesgo de contagio al portar patentes de sanidad falseadas, marineros enfermos o bien proceder de puertos cerrados “por peste”.

Y llegamos a nuestros días. El título de esta colaboración, “La Historia, maestra de la vida”, nos hace recordar desde la sabiduría ciceroniana que quienes no aprenden del pasado repetirán los mismos errores que cometieron sus mayores.

Una gran certeza creo que hemos aprendido en la terrible pandemia de este año 2020: la verdad no puede ocultarse y cuando se pierde la credibilidad resulta difícil aceptar las propuestas que desde diferentes ámbitos se ofrecen. Compartir la información de forma veraz y científica resulta esencial para combatir esta “peste” del siglo XXI. No olvidemos que como decía mi Señor Don Quijote: “Ninguna ciencia, en cuanto a ciencia, engaña; el engaño está en quien no la sabe.”

Aprendamos pues de nuestro pasado, no cometamos los mismos errores tantas veces cometidos, sigamos las indicaciones del personal sanitario de demostrada profesionalidad y aceptemos, de nuevo, los sabios consejos del Ingenioso Hidalgo manchego a su orondo escudero: “Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas.”

3 comentarios en “LA HISTORIA, MAESTRA DE LA VIDA: PUERTOS, PESTES Y PANDEMIAS

  1. Felicitación por la maestra síntesis histórica. Aprecio que las redes de abastecimiento y de saneamiento públicas y una coherente acción pública de las Juntas de Sanidad contribuyeron, en el último tramo histórico, al control de pestes y pandemias y, en la coherente dotación y articulación de servicios públicos, radica el control de la actual pandemia, con la necesaria corrección de la reducción y amortización de servicios públicos realizada en las últimas dos décadas.

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