CIENCIA Y POLÍTICA. LECCIONES DE UNA PANDEMIA

Federico J. C-Soriguer Escofet

Academia Malagueña de Ciencias.

Ya fuese su autor Francis Bacon o Thomas Hobbes, a fuerza de repetirla, la frase “quien tiene la información tiene el poder” ha devenido en un concepto vacío. Y sin embargo en la era de la sociedad de la información es un asunto de una enorme relevancia. La ciencia es hoy una de las fuentes más importantes, si no la más, de información. Los políticos lo saben, por eso en la mayoría de los países que han alcanzado un determinado nivel de desarrollo científico el poder político y el poder económico intentan, de una u otra manera, controlar a la ciencia. Nace de ahí la enorme importancia en una sociedad abierta, de una ciencia democrática, una cuestión compleja de la que nos hemos ocupado en otro lugar.

La escasa presencia de la ciencia en la sociedad española hace que también sea escasa la preocupación por la independencia de la ciencia. Quizás uno de los efectos colaterales positivos de la pandemia por Covid-19, esté siendo la creciente visibilidad de la ciencia y de los científicos. Nunca, como hasta ahora estuvieron más presentes.  No hay periódico ni medio audiovisual en los que no aparezcan informaciones científicas o declaraciones o entrevistas a científicos. Ni hay políticos que no justifiquen sus decisiones en las opiniones de la ciencia. Por primera vez entre los tertulianos hay científicos y en todas las conversaciones aparece, antes o después, algún comentario sobre el desarrollo de la investigación científica sobre el coronavirus.

Nunca como ahora se ha visto con tanta claridad la importancia de la ciencia, y unos y otros parecen lamentarse del escaso desarrollo científico de nuestro país.  Sin embargo, tenemos poca experiencia en la valoración crítica de las relaciones entre la ciencia y la política y los comentarios que se suelen hacer van más dirigidos a entrar en la reyerta política cotidiana que al fondo de la cuestión. Por eso me ha parecido de interés hacer un extenso comentario de una editorial aparecida en el British Medical Journal (BMJ), una de la revistas científicas más serias, por su independencia pero también por su compromiso con la sociedad, en la que Kamran Abbasi, su editor ejecutivo, denuncia el contubernio entre ciencia y política en un país (UK) con tan larga  experiencia y tradición científica.

La tesis, apoyada en numerosas referencias,  es que en UK los políticos y los gobiernos están reprimiendo a la ciencia. Lo hacen, dicen,  en nombre del  interés público, para apoyar la innovación y acelerar la disponibilidad de procedimientos diagnósticos y de tratamientos. Todos estos son motivos respetables, pero el comportamiento que subyace tras estos nobles propósitos es preocupante. La verdad es que, dice Kamran Abbasi, la ciencia está siendo reprimida por razones políticas y financieras. “Lo cierto es que la Covid-19 ha desatado la corrupción estatal a gran escala, que los políticos y la industria son responsables de esta malversación oportunista, pero también los científicos y los expertos en salud y que  el complejo médico-político esa siendo manipulado en estos momentos críticos en los que es aún más importante salvaguardar la ciencia  y que todo esto está siendo  perjudicial para la salud pública”.

Su tesis la sustenta con cuatro ejemplos muy bien documentados. (1) Los investigadores y demás miembros del Grupo Asesor Científico para Emergencias (SAGE), así como sus deliberaciones, fueron inicialmente secretos hasta que una filtración a la  prensa obligó a la transparencia (una cuestión que nos debe sonar muy familiar aquí en España). La filtración reveló una participación inapropiada de asesores gubernamentales en la SAGE, así como una escasa presencia de expertos en salud pública, de clínicos, de mujeres y de minorías étnicas. (2) El gobierno ignoró la orden de hacer público (tras un veredicto de Information Commissioner’s Office), un informe de 2016 sobre las deficiencias en la prevención y actuación ante una pandemia -la llamada Operación Cygnus-, y lo mismo hizo con la publicación de un informe de Public Health England sobre la Covid-19 y desigualdades que había sido retenido por el Departamento de Salud de Inglaterra, entre otras decisiones que atentaban al derecho de los ciudadanos a estar informados. Es más, los autores del Public Health England fueron advertidos para que no hablaran con los medios. (3) El 15 de Octubre, el editor de The Lancet se quejó de que a un científico del gobierno del Reino Unido, autor de un artículo, le fue prohibido por el gobierno hablar con los medios, argumentado “el difícil panorama político”. (4) Este ejemplo está relacionado con la controversia sobre los point of care de las pruebas  de anticuerpos para la Covid-19, dentro de lo que se ha llamado “Operación Moonshot” del ministerio de Salud. Un proyecto para desarrollar e implementar pruebas masivas a la población. Por un lado se ha demostrado que en un cribado masivo actualmente en marcha en Liverpool la prueba de PCR era de una  baja calidad. Por otro lado una investigación publicada en el BMJ, informaba de que el gobierno había adquirido una prueba de anticuerpos que en la reevaluación en el mundo real se vio que su rendimiento estaba muy por debajo de las afirmaciones hechas por su fabricante. Los investigadores del Public Health England y otras instituciones colaboradoras, intentaron publicar los hallazgos de su estudio antes de que el gobierno se comprometiera a comprar un millón de estas pruebas pero fueron bloqueados por el departamento de salud y por la oficina del primer ministro. ¿Por qué no impidieron que se pusiera en marcha el screnning poblacional sin el debido escrutinio previo?

Estos y otros ejemplos sirven al editorial del BMJ para hacer algunas reflexiones sobre las relaciones entre la política y la ciencia. Los políticos a menudo afirman seguir los consejos de la ciencia, pero es esta una simplificación engañosa. Por un lado la ciencia no tiene verdades absolutas, simplemente pone a prueba sus hipótesis antes de certificar la bondad de una iniciativa. Por otro lado hay realidades que no caben en la lógica científica y no tiene sentido en estos casos seguir ciegamente los consejos de la ciencia o de los científicos.

Un mejor enfoque es que los políticos y los que toman las decisiones se informen y se dejen orientar por la ciencia a la hora de tomar decisiones de interés público. Solo eso. Pero para que este enfoque goce de la confianza del público y de los profesionales es necesario que la ciencia esté libre de interferencias políticas, única manera de que pueda desarrollar adecuadamente los procesos de contrastación inherentes a la lógica científica, dentro de un sistema transparente y no comprometido por conflictos de interés. La represión de la ciencia y los científicos no es nueva ni es un fenómeno exclusivamente británico. En los Estados Unidos, Trump, el  presidente de gobierno,  manipuló la Food and Drug Administration (FDA) con el fin de aprobar apresuradamente medicamentos no suficientemente probados como la hidroxicloroquina y el remdesivir.

A nivel mundial, políticos e intermediarios han sido corrompidos por las agendas políticas y comerciales.  En opinión del editor del BMJ la respuesta a la pandemia del Reino Unido depende demasiado de científicos y de otras personas designadas por el gobierno con preocupantes intereses en conflicto, incluidos participaciones en empresas que fabrican pruebas de diagnóstico, tratamientos y vacunas del Covid-19. Estas personas  designadas por el gobierno pueden ignorar o intentar dirigir o controlar  la ciencia, mientras llevan a cabo medidas que eluden la libre competencia  y que pueden favorecer sus propios intereses  y los de amigos y asociados.

A la vista de esta situación Kamran Abbasi  se pregunta: ¿cómo se podría proteger la ciencia en estos tiempos excepcionales? En su opinión el primer paso es la divulgación completa de los intereses en conflicto  por parte de miembros del  gobierno, de los  políticos, asesores científicos, así como de todas aquellas personas  responsables de las pruebas diagnósticas, de los rastreos o de las vacunas. El siguiente paso es la transparencia total sobre los sistemas y procesos, sabiendo en cada momento quien  es responsable de qué. Una vez que se establezcan la transparencia y la responsabilidad como norma, los individuos empleados por el gobierno idealmente deberían trabajar solo en áreas no relacionadas con sus conflictos de intereses. Los gobiernos y la industria también deben dejar de publicar  críticas a la política científica mediante comunicados de prensa, pues, dada la asimetría en las relaciones de poder, tales iniciativas dejan a la ciencia, a los medios de comunicación y a los mercados de valores  más vulnerables a la manipulación.

Hay mucho en juego para los políticos, los asesores científicos y personas designadas por el gobierno. Sus carreras y saldos bancarios pueden depender de las decisiones que toman. Pero la responsabilidad y el deber para con el público son un bien  mayor.  La ciencia es un bien público. Es importante destacar que la represión de la ciencia, ya sea retrasando las  publicaciones, ya sea mediante la selección de investigaciones favorables o poniendo mordazas a los científicos, es un peligro para la salud pública, causando muertes en la población al exponer a las personas a intervenciones inseguras o ineficaces, evitando que se beneficien de otras mejores. Enredarse en decisiones  comerciales también es mala administración del dinero de los contribuyentes. La editorial nos recuerda que la politización de la ciencia fue utilizada con entusiasmo por algunos de los peores autócratas y dictadores de la historia, y ahora lamentablemente es un lugar común en las democracias. El complejo médico-político tiende a la represión de la ciencia para engrandecer y enriquecer a los que están en el poder. Es un círculo vicioso en el que a medida que el poder y el enriquecimiento es mayor la tentación de reprimir las verdades  incómodas de la ciencia también es  mayor. Cuando se reprime  la buena ciencia, la gente muere, termina diciendo la editorial del BMJ.

¿Nos suena de algo en España este editorial? ¿Es posible un editorial  parecido en una revista científica española? La realidad en España es diferente porque la capacidad científica e industrial con respecto a UK es menor, pero es solo una cuestión de grado pero no de fuerza. En España los científicos están de moda.  Se les oye, sí, como nunca, pero ¿se les escucha? Los científicos no pueden responder por los políticos, pero si por ellos mismos. Tienen una gran responsabilidad. La independencia de la ciencia es sobre todo la independencia de los científicos. La pandemia tiene para los científicos numerosas  tentaciones. La primera es la del dinero, pues la pandemia está derivando recursos hacia la investigación en el coronavirus que no deberían ser dilapidados en investigaciones irrelevantes o fútiles. En segundo lugar las presiones de las compañías farmacéuticas siempre presentes, algo bien conocido por el establecimiento medico pero no tanto (en España) por el biomédico. La tercera es la mediatización de la ciencia,  de la que ya estamos viendo algunos ejemplos preocupantes. Y por último la tentación de sucumbir a los cantos de sirena del poder político. La reflexión de la editorial del BMJ sobre UK, debería servirnos de advertencia. También de ejemplo. Que el editor de una revista científica tan prestigiosa haga esa denuncia de la política científica del gobierno de UK es digno de reconocimiento. En todo caso recomiendo al lector interesado la consulta directa del editorial y de la bibliografía acompañante, lo que le permitirá sacar sus propias conclusiones.

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