¿POR QUÉ CELEBRAR UN DÍA MUNDIAL DE LOS OCÉANOS?

Juan A. Camiñas y Víctor Díaz-del-Río
Academia Malagueña de Ciencias

El lunes 8 de junio se celebra, a iniciativa de ONU, el Día Mundial de los Océanos con la intencionalidad de sensibilizar a la población de la importancia que tienen los océanos para el desarrollo de la vida en el Planeta y, en un ejercicio bastante más egocéntrico, para nuestra propia supervivencia. Una supervivencia que una parte importante de los habitantes del Planeta “azul” no saben, o no quieren, valorar dando la espalda a una realidad inexorable que puede acarrearnos una auténtica tragedia de mayor envergadura que las pandemias ya conocidas. No nos engañemos, el deterioro del océano, aunque quede en gran medida oculto a la vista de los humanos bajo la superficie del mar, significa el propio deterioro del Planeta. Es la destrucción lenta y progresiva de nuestra única nave espacial, la que nos permite sobrevivir en el lugar del sistema solar que el Big Bang nos ha asignado. Singularmente el tercer planeta más próximo al Sol, curiosamente el único que ha logrado desarrollar la vida en la forma en la que la conocemos y que, precisamente, surgió del mar hace unos tres mil ochocientos millones de años.

No entraremos a discutir las diversas teorías sobre el origen de la vida en la Tierra, como la de Margulis (1970) sobre el origen de la célula, ni la teoría denominada “aparición de vida hidrotermal alcalina submarina” propuesta una década después, o la teoría del “Mundo de Agua” para el origen de la vida que describe como la energía eléctrica producida de forma natural en el fondo del mar pudo haber dado origen a la vida en la Tierra. Así, el origen de la vida se asocia a los océanos, a esa combinación excepcional de energía, agua, gases, sales y minerales de los que surgirían las primeras señales que irían derivando en seres vivos. ¡Madre Tierra, madre Océano! ¿Cuál es la razón por la que no velamos por su salud con la dedicación y el interés que deberíamos?

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“La capacidad de producción de los océanos y mares depende de la actividad de una fina capa de agua marina superficial en contacto con la Atmósfera”.

No es ocioso evocar en esta columna la importancia de los océanos, recordando un hecho que por evidente no deja de resultar peculiarmente llamativo. ¿Por qué llamamos Tierra a un planeta que debería de llamarse Océano? Un planeta cuya superficie está ocupada, aproximadamente, en un 71% por las aguas marinas. Por más que nos acostumbremos a contemplar las imágenes captadas desde los satélites y estaciones espaciales, en las que la inmensa masa oceánica de color azul rabioso es la característica dominante, no renunciaremos a ejercer de individuos eminentemente continentales. El océano nos sigue resultando una frontera física que nos separa de un mundo difícil de penetrar, liquido, oscuro, de perspectiva limitada y paisajes ínfimos, de temores ancestrales. Un mundo de profundas dificultades insalvables cuya conquista se resiste a la tecnología. Curiosamente, viajamos al espacio y a otros cuerpos celestes con mayor facilidad que si lo hiciéramos al fondo del océano. Queremos poner el pie en Marte y todavía no sabemos cómo es la superficie del fondo del océano ni su dinámica, al tiempo que desconocemos los recursos naturales que puede encerrar.

No ponderamos convenientemente la importancia que tienen los océanos para el desarrollo de la vida en el Planeta y en la mitigación de los efectos del Calentamiento Global. Es una de sus más cruciales funciones, ejerciendo el control de los procesos climáticos y ambientales (ciclo hidrológico, acumulación y redistribución de calor, almacenamiento de dióxido de Carbono, etc.). Pero uno de los más grandes servicios que presta el océano es el que realiza su fitoplancton a través de la fotosíntesis, pues es capaz de producir hasta el 85% del oxígeno que se libera cada año a la Atmósfera, con lo que el océano global se convierte en el principal pulmón de la Tierra. Curiosidad que no muchos conocen y que siguen creyendo que la fuente principal de oxígeno son las masas boscosas, que siendo importantes no son las fundamentales.

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El B/O Vizconde de Eza en una expedición científica en el Océano Atlántico investigando los hábitats vulnerables en los caladeros de pesca de Hatton Bank. El Océano Atlántico no se muestra en ocasiones excesivamente amable con quienes queremos desvelar sus más profundos e intrincados secretos.

Pero no es menos cierto que en las últimas décadas se ha observado que la vida marina, las especies, los ecosistemas de aguas costeras, oceánicas o profundas, vienen sufriendo un continuo deterioro y constantes amenazas que ponen en riesgo su supervivencia. La capacidad de producción de los océanos y mares depende de la actividad de una fina capa de agua marina superficial en contacto con la atmósfera, no superior a 40-50 metros de espesor, en la que la luz penetra y en la que distintas especies de algas macroscópicas y en millones de células fitoplanctónicas se produce la fotosíntesis y, en presencia de nutrientes, comienza el ciclo de generación de materia orgánica y biomasa que se irá trasformando en las distintas cadenas tróficas marinas. Pues bien esa capa superficial oceánica y su capacidad para producir la primera fase de la vida en el mar, está siendo permanentemente agredida por las actividades humanas que cargan los océanos de contaminantes -muchos de ellos tóxicos-, plásticos y microplásticos, residuos sólidos en general, junto al tráfico de embarcaciones y otras agresiones pueden ser devastadoras para los seres humanos y para los propios ecosistemas marinos.

La contaminación y la degradación del medio ambiente submarino no solo destruyen los hábitats sino que puede fragmentarlos, haciéndolos inhabitables para algunas especies lo que los lleva a medio plazo a su desaparición. Este fenómeno desencadena un empobrecimiento de la diversidad biológica que puede llegar a hacer desaparecer algunas especies de algunos hábitats en los que tenían gran relevancia. El problema se agrava cuando se trata de puntos críticos (hot spots) en los que las especies presentes son exclusivas de esa zona o de muy escasa representatividad en el océano global.

Es preocupante comprobar la capacidad que tiene el ser humano para contaminar las aguas marinas, particularmente con residuos sólidos que, a su vez, están contaminados orgánicamente. La constatación de esta irresponsable realidad la vemos en las imágenes que muestran la presencia de elementos sanitarios (guantes, mascarillas, p.e.) en el medio marino, alcanzando ya profundidades considerables. De poco servirá que los Estados firmantes del Convenio de Diversidad Biológica incrementen las zonas marinas protegidas si los ciudadanos mantenemos nuestro ritmo de contaminación de las aguas arrojando al mar todo aquello que nos estorba. Tengamos en cuenta que el 60% de la población mundial vive en las zonas costeras y que este porcentaje se incrementa en la época estival. Semejante cantidad de personas representa una marabunta humana con una capacidad contaminante verdaderamente abrumadora.

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Un jardín de gorgonias es un magnífico ejemplo de hábitat vulnerable y muy sensible a los cambios ambientales.

Los océanos mundiales pueden albergar hasta 10 millones de especies, pero solamente se conocen alrededor de 250 mil, lo que significa que se desconoce cerca del 70% de las especies marinas, si bien las estimaciones varían en amplios márgenes entre los distintos investigadores taxónomos. Para tratar de resolver ese desconocimiento y evaluar la diversidad biológica de los mares y océanos, se fomentó una iniciativa transnacional denominada Censo Internacional de Vida Marina, que se culminó en 2010, en la que participaron cerca de 2,700 científicos de más de 80 países, y que colaboraron para estudiar y sintetizar la información sobre la biodiversidad marina, que abarca desde los microbios hasta las ballenas.

El desarrollo de herramientas científicas, como el Censo de Vida Marina, WoRMS (World Register of Marine Species) y el Registro Europeo de Especies Marinas (creado en 1998 en el marco de la UE), ponen de manifiesto la preocupación científica y la de las administraciones de los estados y organizaciones internacionales por la catalogación de la vida marina. Se impone la necesidad de conocer el número de especies que componen los ecosistemas marinos, para así poder evaluar el estado de las distintas poblaciones de cada una de ellas. Esto permitiría proponer medidas de mitigación y de gestión de las especies y ecosistemas, explotados o no, puesto que únicamente conociendo su estado de salud seremos capaces de estimar el daño que están produciendo las actividades humanas sobre la vida marina.

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Pero del Océano no solamente viven las especies que habitan en su interior, sino también una gran variedad de aves marinas, como esta pareja de alcatraces atlánticos  Morus bassanus, que en multitud de ocasiones son víctimas de la contaminación por residuos sólidos o vertidos tóxicos, por ejemplo.

En nuestras manos está dejar a las generaciones futuras un océano saludable al que tienen derecho. Todos los esfuerzos que hagamos serán pocos pues gran parte del daño ya está hecho, pero podemos evitar que aumente hasta límites peligrosos para la supervivencia de la vida en el océano.

¿Cómo no celebrar un día mundial del océano? Razones no faltan para hacerlo, si bien las causas que lo justifican en la actualidad no son excesivamente gratificantes. Confiemos que en un futuro no muy lejano tengamos argumentos de peso suficiente como para sentirnos más orgullosos de lo que ahora estamos, en razón de lo que hayamos hecho por el océano. La vida nos llegó del océano. No matemos al progenitor.

 

 

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