La viruela, Balmis y Carlos IV

Francisco Cabrera de Pablos
Academia Malagueña de Ciencias

En ese apresurado recorrido por la historia de la epidemiología malagueña, aún por investigar en su conjunto -a pesar de los magníficos trabajos de los profesores Carrillo, García Ballester y el recordado Jesús Castellanos, entre otros-, nos acercamos hoy a una pandemia que tuvo una extraordinaria incidencia social, demográfica y económica durante siglos, a este y el otro lado del Atlántico: la viruela que, como es sabido, provocaba en ocasiones ceguera, y como poco marcas faciales (un estigma insufrible que permanecía de por vida en los que superaban la enfermedad), y en el peor de los casos la muerte.

Una enfermedad que, obviamente, no distinguía clases ni condiciones. Luis I, hijo de Felipe V y María Luisa Gabriela de Saboya, que subió al trono en enero de 1724, murió de esta patología el 31 de agosto de ese mismo año. El Marqués de Verboom, fundador del Real Cuerpo de Ingenieros Militares en 1711 y autor de un importante proyecto sobre el Puerto de Málaga, “estaba picado de viruela”. Incluso el propio Carlos IV tuvo muy cerca este terrible problema: la Infanta María Luisa padeció la enfermedad a comienzos de 1798. Esto motivó que toda la familia real adoptase el proceso de variolización recién descubierto, experimentando así la bondad del tratamiento.

En consecuencia, el monarca se mostró muy diligente por introducir en el Reino la vacuna que apenas hacía dos años se venía aplicando por Edward Jenner en las Islas Británicas, en donde aún generaba entre los miembros de la Asociación Médica de Londres no pocas controversias y el absoluto rechazo de la exquisita Royal Society londinense.

Así, el 22 de diciembre de 1798, según recogen las actas capitulares de nuestro Ayuntamiento, fue leída en cabildo una real cédula que autorizaba “poner en práctica en los Hospitales y Casas de la Misericordia la inoculación de viruelas”.

Pero, además, tuvo una consecuencia allende los mares: la fundación de la Real Expedición Filantrópica patrocinada por la corona y dirigida por el médico, cirujano militar y botánico Francisco Javier Balmis Berenguer (E. Balaguer y R. Ballester, En nombre de los niños. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806), Madrid, 2003). Fue una expedición sanitaria necesaria, ya que en Hispanoamérica se padecían brotes de viruela que diezmaban a la población.

El Rey consultó al Real y Supremo Consejo de Indias, que opinó favorablemente, la posibilidad de enviar la vacuna a aquellas tierras hermanas. Evidentemente y con los medios de la época, la única forma de traslado del virus era mediante huéspedes, razón por la cual se reclutaron 22 niños con edades comprendidas entre los tres y los once años, bajo la dirección científica de Balmis. La colaboración de la enfermera y directora del Orfanato de la Caridad donde estaban los chiquillos, Isabel Zendal, fue esencial.

AGI, grabado que ilustra la aplicación de con 3 botones
Instrucciones para la variolización, con el fin de enseñar el proceso que, a pesar de su simplicidad, debía de seguirse con cuidado. Dice el expediente en el que está el “Grabado que ilustra la aplicación de la vacuna”, que se les hacía “tres botones” y según evolucionaba en los días siguientes cada uno de ellos se determinaba si había sido adecuado el proceso.

Fueron embarcados en la corbeta María Pita, al mando del teniente de fragata Pedro del Barco. Zarparon de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 con rumbo a Puerto Rico y Venezuela, vía Tenerife. Durante la travesía, Balmis les inoculaba con una lanceta el virus por parejas cada diez días evitando así que, de hacerse de forma individual, un falso anidamiento pudiera malograr toda la expedición. En América se llegó a vacunar a pacientes tan alejados como los de Texas por el norte y Chile por el Sur. Posteriormente Filipinas; incluso llegaron a Macao y China.

Mientras tanto en España continuaba la vacunación masiva en las ciudades del Reino desde el contagio de la infanta. A Málaga llegó una nueva real cédula fechada el 21 de abril de 1805, la cual insistía en la conveniencia de inmunizar a la población contra esta terrible patología (Capitulares, libro 209, fols. 199v-205). La vacunación llegó a ser habitual a partir de entonces. En el cabildo que tuvo lugar el 22 de marzo de 1821, los médicos malagueños José de Mendoza, José de Salamanca y Agustín González se ofrecieron a “vacunar gratuitamente a niños y niñas”. El Ayuntamiento fijó el sábado siguiente los centros de vacunación en Santo Domingo, plaza de San Pedro Alcántara y en la propia Alcaldía para proceder a la citada inoculación a las once de la mañana (Capitulares, libro 216, fol. 132).

Todos los expedientes sobre la Real Expedición y lo mucho que logró se conserva en el Archivo Histórico Nacional, Sección de Estado, leg. 3215 y Sección Consejos, leg. 5564; Archivo General de Indias, Sección de Arribadas, leg. 441 y ES. 232 y en varios legajos del Archivo del Museo Naval de Madrid.

No hacemos referencia a la muy nutrida documentación de Balmis como Botánico que se conserva en el Archivo General de Simancas y el Real Jardín Botánico de Madrid, además de en los citados. Desgraciadamente, una parte importante del legado de tan ilustre médico, como es su diario de navegación, desapareció cuando su casa madrileña fue saqueada por las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia. Un científico de cuya muerte se cumplieron en el pasado noviembre los doscientos años.

La OMS, declaró erradicada la viruela en 1980, aunque no está de más recordar la extraordinaria trascendencia que tuvo la mencionada expedición dirigida por el alicantino Francisco Javier Balmis bajo el patrocinio de la corona.

Y del ayer al hoy. En la actual pandemia que venimos padeciendo, el trabajo de nuestras Fuerzas Armadas a través de la Unidad Militar de Emergencias está siendo, en mi opinión, extraordinario. Queremos resaltar que sus mandos han recordado al español que recorrió medio mundo inoculando la vacuna de la viruela a propios y extraños, salvando así a miles de personas, con el nombre de “OPERACIÓN BALMIS”.

Sirvan también estas modestas líneas para evocar a un científico, médico y botánico del ayer, y de homenaje a quienes hoy, en sus laboratorios y en los hospitales de España, salvan vidas día a día con su trabajo abnegado.

2 comentarios en “La viruela, Balmis y Carlos IV

  1. Muy interesante articulo que ilustra la preocupación de Carlos IV por la contención de la epidemia de viruela por la España de ultramar. Me pregunto por la historia de esos niños utilizados como huéspedes para trasladar la vacuna por el mundo. Sorprende el alcance de la epidemia y el de las vacunaciones desde Texas hasta Chile.

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    1. Ninguno volvió a España. Algunos fueron adoptados por familias americanas pero se pierden en la historia. Excepto el hijo de Isabel Zenda, enfermera y directora del orfanato donde se reclutaron los pequeños, del que se sabe que acompañó a su madre y fue uno de los niños que sirvió para la vacunación. En América hubo que seguir utilizando a otros críos para continuar extendiendo la vacuna, en un proceso complejo por la oposición de algunas autoridades. Balmis llegó incluso a comprar algunos esclavos para la variolización. Volvió a Lisboa desde Cantón en 1806 y prácticamente arruinado: tuvo que pedir un préstamo para el viaje.

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