Un becario en Guadalajara, la del llano

Alfonso Vázquez García
Academia Malagueña de Ciencias

Los periodistas solemos terminar sabiendo poco de muchas cosas. En cierta manera es lógico porque nuestra labor consiste en recoger las voces de los expertos y en permanecer en un discreto segundo plano. Eso sí, siempre existe el riesgo de que terminemos de tertulianos o de cronistas -como es el caso de un servidor- y algunos evidenciemos la superficialidad de nuestros conocimientos.

Para no caer en la superficialidad, y ante el amable ofrecimiento de nuestro presidente, Fernando Orellana, de escribir en el blog de la academia, seguiré el consejo de nuestro compañero, el académico de número Manuel Olmedo, y hablaré de un azaroso verano en tierras mexicanas como becario del diario Siglo XXI de Guadalajara, la ciudad del llano.

Fue un año, 1994, en el que el autor de estas líneas, lejos de peinar canas, peinaba un flequillo del que hoy sólo queda constancia fotográfica. Con 24 abriles, después de haber acabado las licenciaturas de Derecho y Derecho Comunitario, di un exasperante giro a mi vida y me apunté al máster de la Escuela de Periodismo de El País. Durante el verano, los aprendices de redactores podíamos elegir destino para hacer las prácticas. La mayoría se quedó en la redacción de Madrid, una compañera francesa se marchó para su tierra, otro escogió Londres y el firmante y un asturiano nos decantamos por Guadalajara (México). Allí daba sus primeros pasos el ya desaparecido periódico Siglo XXI, muy ligado a El País, diario al que trataba de emular con el beneplácito y la colaboración del equipo de Jesús Ceberio. Dirigía Siglo XXI un periodista sagaz como Jorge Zepeda, luego fugazmente famoso entre los lectores españoles tras hacerse en 2014 con el Premio Planeta, el galardón de encargo más cuantioso de las letras hispanas.

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Las ciudades mexicanas suelen exhibir tanta vivacidad y hermosura como escasez de clase media. Una avenida de la Revolución suele dividirlas de forma simbólica, para dejar constancia geográfica de dónde vive la clase alta y dónde trata de sobrevivir el resto. Guadalajara, la hermosísima capital del Estado de Jalisco, la ciudad de la Feria del Libro, seguía parámetros parecidos y nosotros caímos en el lado “bueno” de la avenida. En términos sociales, dos becarios zarrapastrosos como nosotros, por el simple hecho de trabajar -aunque fuera pagando- en el diario El País, accedimos de inmediato a los cenáculos de la gente bien de Guadalajara, con el mismo mérito y esfuerzo que quien gana la Primitiva.

Como ejemplo, la primera noche, todavía con el jet-lag en la sangre, asistimos a una selecta fiesta en un chalé vanguardista, aunque no pretencioso. Digamos que estaba más cerca de Norman Foster que de Sergio Ramos. Al día siguiente, ya en la moderna redacción, lejos de ser condenados a los más modestos y abúlicos cometidos fuimos tratados como redactores cualificados. A mí me mandaron a Cultura.

La jefa de Cultura, amable y creativa, estaba por desgracia bastante invadida por el virus de la leyenda negra, lo que en una ocasión le llevó a hacerme una pregunta que parecía salida de ‘La vida de Brian’: “¿Qué han hecho los españoles por México?”. Ella misma contestó “nada”, pese a las evidencias de varias toneladas de peso que le iba presentando: iglesias, universidades, colegios, palacios, puertos, carreteras…, sin olvidar la lengua española, el Derecho y otras fruslerías. Lástima que los prejuicios le impidieran ver la maravillosa fusión entre lo español y lo autóctono que todavía se da en México y que constituye ‘lo mexicano’. Una noche acudí a un pueblito en fiestas, cuyo patrón era, como el nuestro, el apóstol Santiago. En la plaza del  pueblo, alrededor de un enorme kiosco de música, las chicas jóvenes daban vueltas en una dirección y los chicos en la contraria, para así conocerse y empezar una relación. Como en muchos pueblos de España no hace tanto.

El mexicano suele bromear al sentirse tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Para algunos de ellos, que prefieren regodearse en el tópico en lugar de buscar soluciones, es casi una tradición nacional echar las culpas de lo mal que marcha el país a Cortés y compañía. 

Líderes religiosos

Pero, con la excepción de estos ataques patrios de ceguera, el ambiente en la sección de Cultura era muy cordial. En ese verano del 94 a varios líderes religiosos les dio por visitar Guadalajara coincidiendo con mis prácticas de becario, y la jefa me mandó a entrevistarlos. La cita más curiosa fue el encuentro con el enviado del Dalai Lama para América Latina, un monje apacible y fraternal que cuando le pregunté por la invasión china del Tibet, me contestó que, pese a que no pisaba su país desde 1950 y gracias a sus muchos años de meditación, era capaz de ver con la mente lo que su hermana estaba haciendo en Lhasa en ese preciso momento.

Además de este ejemplo de comunicación, que de extenderse arruinaría a las grandes tecnológicas de Silicon Valley, el monje me aconsejó un método de meditación para hermanarme con las personas con las que me llevara mal. Con toda modestia, el firmante se ofrece para transmitirlo con todo detalle cuando así lo considere el Congreso de los Diputados o cualquier otro contubernio de ambiciones.

Otro reportaje que me marcó fue el que realicé al líder de los Hare Krishna. La charla tuvo lugar en una modesta habitación con un ventanuco, por el que asomaba un centenar de hare krishnas para no perderse un detalle de la entrevista, en inglés. Además de conocer las líneas centrales de su creencia, pude luego confraternizar en el almuerzo, por supuesto vegetariano, con algunos hare krishnas talluditos de Guadalajara. Se habían hecho hippies en los 60 y una cosa llevó a la otra. Me parecieron tan excéntricos como felices.

Algo que desconcertó a mis compañeros mexicanos desde el primer día fue mi forma de hablar. Acostumbrados a asociar el español de España con el habla recia de Luis Buñuel, los suaves sonidos con los que formaba palabras hicieron que casi nadie pensara que provenía de la misma tierra que Fernando Fernán-Gómez. Más de uno me preguntó si era cubano o chileno, hasta que un afable compañero de Cultura dio en la tecla y me soltó: “¡Ya está, tú hablas como el gato Jinks!”.  Recordarán los amantes de los dibujos animados de Hanna Barbera que el gato Jinks, doblado para los hispanohablantes por un andaluz de marcado acento, perseguía en vano a los ratones Pixie y Dixie, uno cubano y el otro mexicano. Gracias al gato Jinks se solucionó el enigma de mi forma de hablar.

La puya

En el campo culinario, ni que decir tiene que padecí la maldición de Moctezuma, como todo hijo pérfido de la metrópoli, pero luego me sumé a una práctica que en España se consideraría próxima al marqués de Sade: echar picante a la fruta. Como a los compañeros del periódico la riquísima y exuberante fruta de esas tierras les parecía sosa, le añadían una dosis generosa de picante. Donde fueres, haz lo que vieres. En mi caso, vi más de la cuenta, porque incluso llegué a probar el teniente general de las salsas picantes, la marca comercial ‘Puya’, una botellita con el dibujo de un toro recibiendo un puyazo que era, aproximadamente, lo que sentía la lengua al catar el producto.

Elecciones generales

Coincidió mi estancia con unas nuevas elecciones generales. Las citas electorales causaban cierto hastío en la población, pues el PRI, el Partido Revolucionario Institucional, gobernaba con mano caciquil los destinos de los mexicanos desde 1929. Sin embargo, la irrupción del PAN (Partido de Acción Nacional) dio un poco de vidilla a estas elecciones federales, ante la posibilidad de tumbar al dinosaurio. Eran unos tiempos además en los que el subcomandante Marcos disfrutaba de su estrellato y pasamontañas en la selva de Chiapas. Todo podía pasar.

Para la jornada electoral toda la plantilla se movilizó y los jefes repartieron las tareas con ecuanimidad: de los nueve partidos políticos en liza, me encargaron cubrir seis. Fue un día apasionante, en el que un modesto becario se pateó seis sedes de partidos, un montón de colegios electorales, habló con votantes indignados o esperanzados, recogió frustraciones y alegrías…, y por supuesto volvió a ganar el PRI.

En todas estas correrías, cuaderno y grabadora en ristre, en todos estos reportajes a lo largo del verano no tuvo el firmante ninguna sensación de inseguridad. Tan solo en una ocasión, mientras deambulaba por un paraje desértico, cuando se arrimaron unos chiquillos que me plantearon esta cordial pregunta: “¿No tienes miedo de que aquí, estando solo, te asaltemos y te matemos?”. La clave estuvo en no salir corriendo y en hablarles del Real Madrid.

La becaria

Lejos de mi intención el querer emular al gran Pérez Galdós y que esto se asemeje a los Episodios Nacionales. Acabaré con una curiosa anécdota. El asturiano y yo nos alojábamos en un apartamento muy amplio que compartíamos con varios periodistas españoles que, como nosotros, fueron becarios pero terminaron contratados como redactores por Siglo XXI. Era el sitio de paso de todos los becarios de la Madre Patria año tras año.

Cuando dejé Guadalajara, cargado de libros y de inolvidables experiencias, a los seis meses llamé a uno de los compañeros de apartamento, un gaditano, jefe de sección, para ver cómo les iba. Me comentó que al periódico había llegado una becaria asturiana guapísima, que además estaba alojada con ellos. Se llamaba Leticia Ortiz y no lo nieguen, el nombre algo les suena.

Gracias por aguantar la batallita. Que tengan un soportable e incluso feliz y provechoso confinamiento.

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