Un milagro natural

Federico J. C-Soriguer Escofet
Academia Malagueña de Ciencias

El pasado día 5 de marzo tuve el honor de dar la bienvenida en nombre de la Academia Malagueña de Ciencias al profesor Antonio Diéguez Lucena cuya conferencia de ingreso tituló “¿Cómo surgió la mente humana?”.

Hoy hay pocas dudas de que los seres humanos somos un continuo con el resto de los seres vivos. Los de la ontogenia y los de la filogenia son los mejores relatos de la creación que nunca hayan existido. Entre otras cosas porque no son mitos, son ciertos, al menos desde una perspectiva general y provisionalmente ciertos en la mayoría de sus contenidos, como corresponde a las certezas o verdades científicas.

Que en nuestro ADN haya restos de un ancestro común que nos une filogenéticamente con el resto de las especies vivientes, es sobrecogedor y nos obliga a una mirada distinta del mundo y de la vida a la que estamos como especie indisolublemente unidos. Que todos hayamos pasado por una metamorfosis a partir de un huevo formado por dos células (el óvulo y el espermatozoide) que en las primeras semanas de vida es indistinguible casi de los embriones de muchas especies, hacen de la ontogenia un viaje apasionante que nos une, ahora como individuos, con el resto de los seres vivos. Que la naturaleza de nuestro cuerpo, la naturaleza humana, esté en su desarrollo y construcción fuertemente condicionada por las relaciones entre la biología, el medio ambiente y la cultura, y que, además, seamos conscientes de ello, nos convierte en seres vivos responsables de ese mismo mundo al que pertenecemos. Que a nivel subatómico el cuerpo humano esté compuesto por los mismos elementos que el polvo de las estrellas, nos hace saltar todas las alarmas. WhatsApp Image 2020-03-05 at 20.53.11 (1)

El cuerpo humano como objeto, es susceptible de una valoración empírica aunque, al mismo tiempo esta valoración está sometida a dos grandes interferencias. La primera es que la distancia entre lo observado, el cuerpo humano, y el observador es inexistente. Es como si las estrellas estuviesen dentro del propio telescopio. El distanciamiento, condición imprescindible para la objetividad, es casi imposible. Este distanciamiento solo es posible en la valoración y el estudio del cuerpo humano de los otros y es aquí donde surge la segunda interferencia pues los otros no son tan distantes como para que puedan estudiarse tal como el astrónomo lo hace con las estrellas. Al fin y al cabo los otros, de alguna forma, son una prolongación pues no es posible concebir un cuerpo humano aislado, desconectado del resto del mundo. Por eso el cuerpo humano solo se puede estudiar e interpretar desde este carácter compartido.

Esta dificultad es especialmente cierta para el estudio de la mente humana, y es sobre esta dificultad y sobre los numerosos hallazgos realizados por la ciencia en los últimos tiempos sobre los que habló el profesor Diéguez en su conferencia de ingreso en la AMC. Y ¿qué hace un filósofo hablando de neurociencia? Pues plantearse preguntas y provocar reflexiones que las distintas disciplinas científicas, inevitablemente dispersas, aisladamente no siempre son capaces de formular, entre otras cosas porque carecen del método que si tiene la filosofía para preguntarse el por qué y no solo el cómo de las cosas. Porque el surgimiento de la mente humana no se produce en el vacio sino en el concurso de un largo viaje filogenético que comenzó con “LUCA” o quizás antes en alguna fumarola de los abisales oceánicos. Porque lo verdaderamente sorprendente es que este largo viaje que ha durado miles de millones de años culmina en la mente humana en muy poco tiempo desde el punto de vista evolutivo, algo que podría ser considerado como un milagro, aunque como bien dice Alice Robert como un milagro natural al que la ciencia arranca poco a poco y a una creciente velocidad sus secretos.

Y para este reto del siglo XXI la ciencia necesita compañeros de viaje. La ciencia necesita de las humanidades que son las que hasta ahora se encargaron de escudriñar la mente humana. Para la AMC la incorporación como académico de número del profesor Diéguez Lucena es una gran oportunidad, porque su presencia será de una gran utilidad para reforzar los lazos entre las ciencias y las humanidades, entre las disciplinas científicas más positivistas y aquellas como la sociología, la medicina clínica, la arquitectura, la historia o el derecho, todas ellas presentes en la AMC que sin dejar de ser ciencias están más cercanas al viejo territorio de las humanidades. Un espacio entre las dos culturas que la filosofía de la ciencia ocupa por derecho propio.

Para la filosofía es un reto repensar el mundo a partir de toda la ingente información de la ciencia y muy especialmente de los hallazgos sobre el origen del hombre y la teoría de la evolución. Para la ciencia es imprescindible dejarse permear por la capacidad de la filosofía para hacer preguntas. Como dice E.O. Wilson, “…no se trata de preguntas ociosas, para que las respondan los habituales de los salones o los invitados después de la cena. No se trata de juegos mentales, ni de ejercicios para agudizar las habilidades en la lógica. Se plantean literalmente cuestiones de vida o muerte…”.

Tanto la ciencia como las humanidades parecen comenzar a coincidir en que este mundo complejo solo podrá comprenderse mediante la interacción entre ambas. Unas disciplinas científicas y humanísticas que, trabajando juntas, pudieran alumbrar lo que Wilson llama una tercera ilustración.

 

*Head line photo by Andrik Langfield

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