Breve resumen del discurso de ingreso en la Academia Malagueña de Ciencias del Dr. Antonio Diéguez Lucena: “Cómo surgió la mente humana”

Antonio Diéguez
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
Universidad de Málaga

La revolución darwiniana, lejos de ser algo ya superado, como a veces se pretende, aún no ha concluido del todo. Y no ha concluido porque todavía nos falta una explicación darwinista adecuada de uno de los rasgos fundamentales de los seres vivos. Tenemos explicaciones darwinistas de cientos, quizás de miles de rasgos adaptativos. La teoría de la evolución por selección natural nos ha permitido explicar el mecanismo de ciertas polillas del norte de Inglaterra, la rápida adquisición de resistencia a los antibióticos por parte de las bacterias, o a los insecticidas por parte de los insectos, la velocidad en la carrera de las gacelas, la persistencia de la anemia falciforme en algunas poblaciones humanas del norte de África, y un largo etcétera que puede localizarse en los manuales de biología evolucionista. Pero aún no contamos con una explicación bien establecida científicamente y suficientemente detallada del origen y desarrollo evolutivo de las capacidades cognitivas en aquellos seres vivos que las poseen, y muy particularmente de las admirables capacidades cognitivas del ser humano. WhatsApp Image 2020-03-05 at 19.45.39_01

Conocer el entorno, esto es, adquirir una cierta información de sus características relevantes, procesar dicha información de forma adecuada y regular la conducta de acuerdo con el resultado del proceso, respondiendo así a los desafíos del medio según las necesidades del momento, parece ciertamente un rasgo, no ya útil, sino imprescindible para la vida. Algo así podemos encontrar incluso en la conducta quimiotáctica de la más simple bacteria. Para algunos esto merece ya el nombre de cognición, aunque no todos estarían de acuerdo en este uso generoso del término. Si este procesamiento de la información y la correspondiente respuesta conductual se hace a través de la mediación de un sistema nervioso, como ocurre desde los artrópodos en adelante, las ventajas adaptativas parecen evidentes.

Un grado aún mayor alcanzado en este camino adaptativo es el que despliegan los animales con un cerebro desarrollado, como aves y mamíferos, en los cuales podemos hablar ya de auténticos procesos mentales (como creencias y deseos), aunque también ésta es una afirmación que está lejos de despertar el consenso. Como ha defendido el filósofo de la biología Peter Godfrey-Smith, la posesión de capacidades cognitivas sofisticadas puede encontrar una excelente explicación como adaptación a un medio complejo, lo que a estos efectos podemos interpretar como un medio heterogéneo y variable. Si en medios muy estables, las respuestas fijas, programadas genéticamente, pueden ser muy ventajosas, porque ahorran muchos esfuerzos y errores a los organismos, en medios muy variables sucede justo lo contrario; la mejor apuesta adaptativa en tales medios no es ciertamente mantener a toda costa la misma conducta, sino ser capaz de percibir los cambios y tener a disposición un elenco de conductas posibles con las que ensayar. Pero para ello hace falta un cerebro desarrollado que vaya más allá de ser el ganglio nervioso más delantero. Esta misma explicación podría extenderse, con los necesarios añadidos, a las capacidades cognitivas humanas, que superan con mucho a la de sus más cercanos parientes entre los primates. WhatsApp Image 2020-03-05 at 20.37.55

Ha sido en las últimas décadas cuando diversas disciplinas, como la etología cognitiva, la paleoantropología, la primatología, la psicología evolucionista, y las ciencias cognitivas en general, han comenzado a indagar en estas complejas cuestiones y a generar las primeras hipótesis plausibles al respecto. Y como siempre que en la ciencia se abre un nuevo ámbito lleno de potencialidades (y de disputas aseguradas), la filosofía ha mostrado su interés por el debate.

Son numerosas las tareas, unas más cercanas a la filosofía y otras a la ciencia, que tienen ante sí los participantes en este debate. Para empezar, han de dar respuesta a una crítica que afecta a sus propios fundamentos: nada garantiza que sea factible una explicación adaptacionista de las capacidades cognitivas. De hecho, hay biólogos, como Richard Lewontin, y filósofos, como Jerry Fodor, que son sumamente escépticos al respecto. Quizás tengan razón estos críticos y la empresa de dar cuenta de la cognición en los seres vivos a través de explicaciones adaptacionistas sea un empeño desmedido. Puede, sin embargo, que sus exigencias sean demasiado estrictas. El tiempo dirá.

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Si dejamos de lado esta objeción inicial, que ciertamente no ha desanimado a los que trabajan en estos asuntos, quedan todavía vastas cuestiones a las que dar respuesta. Una de ellas ha sido mencionada ya: ¿a qué organismos podemos atribuir cognición en sentido pleno?, ¿posee cognición una bacteria o una ameba, o hemos de reservar este término para organismos más complejos, como los mamíferos?, ¿acaso sólo los seres humanos son organismos de los que quepa afirmar que conocen su entorno, como afirman algunos filósofos?

Un aspecto complementario de esta cuestión es el de cómo proporcionar una explicación biológica del origen y función de las representaciones mentales. Desde una preocupación más filosófica, cabe también preguntarse si la suposición de que nuestras capacidades cognitivas son el producto de la selección natural y cumplen por tanto una función propia, que en este caso es proporcionar un conocimiento adecuado del entorno, cabe entonces inferir que tenemos capacidades cognitivas fiables y que, por tanto, las preocupaciones de los escépticos han estado siempre infundadas. ¿Podría incluso irse más allá y afirmarse que en caso de que dichas capacidades no nos proporcionaran un buen número de verdades no habrían sido seleccionadas o, peor aún, no estaríamos aquí como especie para contarlo? Éste, como puede apreciarse, es el viejo debate filosófico entre realistas y antirrealistas de diverso cuño, en el que quizás el conocimiento más profundo de nuestra historia evolutiva podrá algún día arrojar algo más de luz.

Tenemos pues ante nosotros un amplio campo de investigación en el que biólogos, como el propio Darwin, o Konrad Lorenz, y filósofos, como Spencer, Nietzsche, Mach y Popper, por citar sólo los nombres más conocidos, vieron una pieza clave para entender al ser humano y sus relaciones con el resto de los seres vivos.

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