La homeopatía y otras hierbas

Federico Soriguer Escoffet
Médico y Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias

La homeopatía es, junto a la naturopatía, las herbales, la antroposófica, la quiropraxia, la curación energética, ozonoterapia, radiestesia, varias formas de acupuntura, la medicina tradicional china, medicina ayurvédica, la curación divina, entre otras, una de las numerosas medicinas llamadas, frente a la medicina académica o convencional, medicinas alternativas. Estudios recientes muestran que la homeopatía y otras medicinas alternativas es consumida por una proporción importante de la población (entre el 1% en Reino Unido, al 10% en Alemania o Francia), suponiendo un mercado que puede ser en la Unión Europea superior al billón de euros, con un incremento anual de al menos el 6%. De todas ellas es la homeopatía la que pretende tener unos fundamentos teóricos más sólidos.

La homeopatía fue creada en 1796 por Samuel Hahnemann y basa su doctrina en dos principios. El primero es el de que «lo similar cura lo similar» (similia similibus curentur), lo que significa que una sustancia que causa los síntomas de una enfermedad en personas sanas curará lo similar en personas enfermas. El segundo principio es el de la dilución infinitesimal de ese productor toxico-curativo, diluciones que pueden ser superiores a una parte en un billón o 1/1 000 000 000 000, que aprovechando una pretendida memoria del agua mantiene su poder curativo. La homeopatía, como el resto de las medicinas alternativas, está llena de ritos y de escuelas. Su mayor justificación es la de ser capaz de ofrecer, frente a la medicina científica, una visión holística, personalizada y humanista.

Los homeópatas generalmente comienzan con exámenes detallados de las historias de sus pacientes, incluidas preguntas acerca de su estado físico, mental y emocional, sus circunstancias de vida y cualquier otra enfermedad física o emocional. Luego intentan traducirlo en una fórmula compleja de síntomas físicos y mentales, incluidos gustos, aversiones y predisposiciones innatas y a partir de estos datos, el homeópata elige cómo tratar al paciente. La homeopatía (moderna) lleva ya varios siglos de presencia en la sociedad, a pesar de lo cual no ha podido pasar ni una sola de las pruebas de validación científica sobre su eficacia. Prácticamente todos los estudios que se han hecho, y han sido muchos, muestran que los productos homeopáticos no ofrecen un resultado mejor que el placebo. Esta es la gran diferencia con la medicina científica, en la que cuando se demuestra que un médicamente no es útil se deja de prescribir. Es lo que ocurrió en la medicina occidental a lo largo de todo el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad.bach-flower-therapy-187799__340

Cuando se introdujo la metodología de los ensayos clínicos doble ciego placebo (aquellos en los que ni el médico ni el paciente conocían cual era el medicamento que portaba el principio activo y cual el placebo), es decir cuando la “experiencia” fue sustituida por la “experimentación”, casi toda la farmacopea clásica fue arrojada al mar.

Hoy todas las grandes agencias y las Academias científicas (ver por ejemplo el informe al respecto elaborado por “European Academie Science Advisory Council”), previenen del uso ingenuo de la homeopatía pues, si bien es difícil que tenga efectos adversos, sí que puede distraer a aquellos pacientes con enfermedades graves, haciéndoles perder un tiempo precioso para su tratamiento “científico”. Pero si esto es así, y lo es, ¿por qué entonces una parte de la población, y no precisamente la menos informada, sigue usándola? Son muchas las razones pero su análisis escapa de los límites impuestos en este blog. Citaremos algunas: la desconfianza y el descrédito en ciertos ambientes de la Ciencia, la necesidad de encontrar soluciones fáciles e intuitivas, la creencia sino en el efecto sí en la inocuidad (“mal no me va a hacer”), una cierta pretenciosidad por creer que se tiene información de la que la medicina científica carece -y también lo contrario-, una cierta ingenuidad dejándose llevar por la propaganda y los cantos de sirenas de las medicinas alternativas, la nostalgia, en fin, de una medicina paternalista que ofrece aquello que se desea y promete cosas imposibles de demostrar.

En la UE hay países que pasan los productos homeopáticos por la Seguridad Social, pero probablemente esta situación tiene los días contados, aunque en España, de la mano de partidos populistas y pseudoprogresistas, se ha abierto un debate en el Parlamento que nos retrotrae a tiempos pasados. Al fin y al cabo, como ya decían en 1998 Angel y Kassirer, editores del “New England Journal of Medicine”: “No hay dos tipos de medicina, la convencional y la alternativa. Hay solo medicinas que han sido evaluadas y otras que no”. El problema es cuando desde el lado de las medicinas alternativas se pone en cuestión el propio procedimiento de evaluación, es decir el método científico, y es entonces cuando es imposible seguir la conversación.

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