Cis o trans. Una cuestión de género

Federico Soriguer Escoffet
Vocal Coordinador de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades

Hasta 1950 la transexualidad no se diferenciaba de travestismo. El término transexual, desarrollado por Harry Benjamin en los años 50, describe a aquellas personas que sienten pertenecer al sexo contrario al biológico y que, en general, desean que la cirugía asemeje sus características físicas a aquellas del sexo opuesto. En 1979 se constituyó la “Harry Benjamin International Gender Dysphoria Association (HBIGDA)” que revisa periódicamente las guías asistenciales para estas personas.

En España el debate sobre la transexualidad ha atravesado distintos momentos, siempre 15-20 años detrás de otros países que ya habían contemplado la intervención clínica. En la década de los 60-70 la prioridad era elegir bien los casos a tratar, en la década de los 70-80 buscar las causas de esta situación, a partir de los años 90 preocupa sobre todo la calidad de los procedimientos clínico-quirúrgicos iniciándose más recientemente la atención a menores de edad. En los últimos diez años el esfuerzo de activistas, y por ende de los responsables político-sanitarios ha sido la despatologización de esta prestación. La despatologización significa descatalogar como enfermedad mental el diagnóstico de transexualidad, premisa que ha sido claramente admitida y apoyada por todas las unidades de Identidad de Género en España, pero en determinados contextos se ha exigido, además, la aplicación de tratamientos a demanda de los pacientes y sin valoración psicológica previa. La justificación de esta iniciativa se basa en la idea de que el proceso de reasignación sexual es solo una opción personal en el que no cuenta para nada la historia clínica ni la valoración sobre el constructo y la adaptación psicosocial de la nueva identidad. En este escenario el médico se debe limitar a la prescripción de la receta de hormonas o a la posterior reasignación quirúrgica, sin entrar en consideraciones sobre la certidumbre de la opción identitaria, ni sobre las ventajas y riesgos de las intervenciones médicas ni sobre las dificultades de la reasignación, salvo que el sujeto así lo demandase.

El “fenómeno trans” es un fenómeno complejo que no se agota en la adjudicación de un tercer sexo como a veces se le quiere designar y refleja una notable variedad en la naturaleza de la identidad sexual. Pese a lo que las corrientes modernas y mediáticas pretenden, la Transexualidad, supone para el que la vive, en la mayoría de los casos, una situación de sufrimiento en lo personal, relacional y laboral. La solicitud de cambio de sexo, no sólo somático sino también jurídico-registral, es compleja e irreversible y requiere información y acompañamiento experimentado. La diversidad sexual y los nuevos actores que se incorporan a las corrientes de opinión tendrían que considerar que el acto clínico debe estar basado no sólo y por supuesto, en la autonomía del paciente sino en la formación y responsabilidad adecuada del profesional con condicionantes de gran peso que sólo pueden ser explicadas y aplicadas en el contexto del acto clínico y el modelo de relación desde la ética médica pues un profesional de la sociología, de la antropología o de la filosofía no toma decisiones clínico-quirúrgicas que pueden ser iatrogénicas y que no puede ser resuelto con el trámite de un consentimiento informado.

La realidad clínica actual es que las personas transexuales requieren intervención médica, antes, durante y después de la reasignación del sexo, sea por terapia hormonal, quirúrgica o psicológica, usualmente por tiempo indefinido. En España, la primera comunidad autónoma que incorpora a su cartera de servicios el proceso de reasignación sexual fue Andalucía en 1999, desde esa fecha más de 2000 solicitudes han sido atendidas en la Unidad de referencia (ubicada en Málaga y coordinada desde Endocrinología del Hospital Regional). La atención sanitaria en esta Unidad se ha basado, como cualquier acto clínico, en la competencia, la responsabilidad y la toma de decisiones de cada miembro del equipo multidisciplinar de acuerdo a los estándares clínicos de cada momento.

En los últimos años a este reto se ha añadido la prestación sanitaria para la Disforia de Género en la infancia y adolescencia, situación de demanda creciente y con variadas opciones terapéuticas en continuo debate.

Actualmente nuevas leyes aprobadas en varias CCAA sobre la No discriminación por Identidad de Género y nuevas consideraciones políticas, reglamentan aspectos no sólo sociales sino sanitarios y están modificando el espectro asistencial. Estas normativas asistenciales mezclan en su introducción definiciones como identidad de género, orientación sexual, roles de género y variantes de expresión de género, sin discriminar tampoco las distintas esferas en la diferenciación sexual (sexo genético, sexo gonadal, genital, fenotípico, hormonal o genérico), partiendo por ello de puntos de partida muy diferentes a la hora de tomar importantes decisiones clínicas. La aproximación socio-antropológica de las distintas variantes de género debe ser conocida y contemplada pero no considerada como subsidiaria siempre de tratamiento médico. Otros países han pasado por el mismo proceso reflexivo pero la aplicación de procedimientos clínicos disciplinares ha sido muy consensuada entre profesionales y afectados, sin menoscabo por eso del respeto y consideración que se merece esta población.

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